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Jueves, 9 de junio de 2011

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¿Se acuerdan de la guzpatarra? (2)

Por Pedro Álvarez de Miranda

Según vimos en la anterior entrega, guzpatarra es una palabra fantasma que viene figurando en el diccionario académico desde 1803 y que surge de haber leído mal un rarísimo «guzpátara» que ocurre en la traducción que Alfonso de Palencia hizo en 1491 de las Vidas de Plutarco. Basándose exclusivamente en el contexto del correspondiente pasaje, el diccionario de la Academia definió así la supuesta guzpatarra: «especie de juego con que se divertían los muchachos». En el original latino —Palencia no parte del texto griego— el protagonista del episodio, Alcibíades, está jugando con unos compañeros a los astragalis, es decir, a las tabas.

Sabemos que el traductor se tomó, como con frecuencia ocurre, sus libertades, y de ahí que el juego aludido en la traducción no tenga por qué ser el mismo que el mencionado en el original. En ese supuesto, ¿qué significado tiene la palabra que Palencia empleó? La única pista posible la tenemos en otra, guzpátaro, que también figura en el repertorio académico, esta vez desde Autoridades. Este gran repertorio nos dice que guzpátaro es «Voz de la germanía que significa el agujero», para lo cual se apoya en el célebre «Vocabulario de germanía» de Juan Hidalgo (1609) y aduce dos textos, uno del Rinconete cervantino («… el lugar más conveniente para hacer los guzpátaros, que son agujeros[,] para facilitar la entrada») y otro del Soldado Píndaro (1626) de Céspedes y Meneses («cierto guzpátaro o boquerón»). Está claro: un guzpátaro era el boquete que los ladrones practicaban para entrar a robar en algún recinto (un butrón) o el que, estando en la cárcel, hacían para escapar de ella. Según el «Vocabulario» de Hidalgo el delincuente especializado en tales operaciones se llamaba guzpatarero.

El vocablo (guzpátaro, guspátaro) está bien documentado en textos más o menos germanescos, el más antiguo de los cuales parece ser un romance de la primera de las Rosas de Timoneda (1573): «vn Guspátaro ha formado». En cierta comedia de Lope un rufián amenaza con hacer a un fulano que le estorba «un guzpátaro o dos por el estómago» (Juan de Dios y Antón Martín, c. 1598-1610). También aparece en la segunda parte del Guzmán de Alfarache (1604): «temió el alcaide no le hiziéssemos algún guzpátaro por donde nos despareciéssemos», varias veces en los Romances de germanía a los que acompaña el mentado «Vocabulario» y, finalmente, en otros dos conocidos textos de la misma órbita: la Relación de la cárcel de Sevilla de Cristóbal de Chaves y el entremés al que esa misma cárcel da título y durante un tiempo se atribuyó a Cervantes. En cuanto a los muy escasos ejemplos modernos de guzpátaro, es de suponer que estén condicionados por la presencia de la palabra en obra tan difundida como es la novela ejemplar cervantina, amén de en multitud de diccionarios.

Mucho más nos acerca a la forma empleada por Palencia, hasta confundirse con ella, un guzpátara que se lee en una comedia de Rojas Zorrilla, con valor idéntico al de guzpátaro —no sería, de hecho, descartable que se tratara de una simple errata—, es decir, ‘agujero, boquete’. Un tal Mellado, uno de los cinco «valientes» que intervienen en la pieza, asegura: «aquesta noche / me han de vengar seis chulamos, / y le han de hazer en la pança / seis guzpátaras de a palmo» (Obligados y ofendidos, 1636).

Volvemos a leer el texto de Palencia y nos sorprende la naturalidad con que guzpátara acude a su pluma, casi un siglo antes de que se documente guzpátaro: Alcibíades «iugaua con otros sus eguales a la guzpátara». Pecando acaso de exceso de imaginación, y teniendo en cuenta la significación ‘agujero’, le viene a uno a la mente la posibilidad de que Palencia haya sustituido las tabas por un juego típico de muchachos, al que a menudo han jugado tendidos por el suelo en la vía pública y en el que se participa también por turnos: el juego de las canicas, o, con el nombre del agujerito donde —al menos en mis tiempos— había que colarlas, el gua. Es solo una hipótesis, y reconozco que problemática (el gua es un pequeño ‘hoyo’, más que un ‘boquete’). No doy un duro por ella, pero confieso no tener otra.

No solo no la tengo, sino que, sin resolver un enigma, me veo obligado a no esconder otro aún más intrigante, con el que he tropezado. Resulta que un tratadista italiano de ajedrez del siglo xvi, Giulio Cesare Polerio, hablando de la jugada que en español se denomina, y precisamente con un italianismo, gambito (esto es, ‘lance que consiste en sacrificar, al principio de la partida, algún peón u otra pieza, o ambos, para lograr una posición favorable’), escribe: «Gambitto che in Ispagna si chiama Guspatara et è molto frequentato». Tenemos, pues, un testimonio indirecto, a través de un texto italiano, de que guspátara / guzpátara podría haber designado en nuestra lengua un determinado lance del ajedrez, sin que los tratadistas españoles antiguos —no, al menos, Lucena en su Arte de axedrez (c. 1496), ni un contemporáneo de Polerio, el Ruy López de Segura del Libro de la invención liberal y arte del juego del Axedrez (1561)— nos ofrezcan información alguna al respecto. Nótese, en fin, que esta reaparición del extraño vocablo ocurre de nuevo en el ámbito de un juego. ¿Tal vez, en esta ocasión, porque mediante el sacrificio de una pieza en el lance ajedrecístico de que se trata se abre un ‘agujero’ en las defensas del oponente?

Demasiadas preguntas para las que, por ahora, no tenemos respuesta. Lo que al menos sacamos en limpio es que guzpatarra debe desaparecer del diccionario común. Que no debe sustituirla en él, vista su extraordinaria rareza, la hoy por hoy escurridiza, impenetrable guzpátara. Y que guzpátaro, desde luego, puede permanecer en sus columnas (en la medida en que lo haga el conjunto del vocabulario germanesco).

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