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Lunes, 28 de junio de 2010

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LENGUA

Peras al olmo

Por Pedro Álvarez de Miranda

Incluso cuando para una investigación sobre algún aspecto histórico del léxico se maneja una masa documental razonablemente copiosa, conviene ser bastante prudentes a la hora de afirmar que tal palabra o acepción «surge», «nace» o «se incorpora» a la lengua en tal o tal momento histórico, y aun es recomendable la opción, algo más cautelosa, de decir que «aparece» (es decir, ‘se manifiesta por vez primera’) o «se documenta» inicialmente en la fecha X o la fecha Y. Incautos hay, sin embargo, que, por exceso de alegre confianza o a impulsos de una curiosidad ocasional, creen posible aventurarse por derroteros de esa clase fiados tan solo a las respuestas de un cómodo talismán sabelotodo. Podría ocurrirles lo que al trapecista bisoño que se lanzara a dar saltos mortales habiendo renunciado de antemano al uso de la red.

Nacen estas reflexiones —y no por vez primera, desde luego— de la lectura de unas líneas en que los responsables de una publicación electrónica, 1611. Revista de Historia de la Traducción, justifican la elección de la fecha que encabeza su título. En ese año, nos explican, aparecieron dos obras importantes para la cultura anglosajona y para la hispánica: respectivamente, «la versión de la Biblia realizada bajo los auspicios del rey Jacobo I de Inglaterra, que habría de dejar una profunda huella en la literatura inglesa, y el Tesoro de la lengua castellana o española del capellán de Felipe II Sebastián de Covarrubias, el primer diccionario del castellano». Perfectamente. Mas, no contentos con esta coincidencia a dúo, la refuerzan con un tercer dato: «También en 1611 —añaden— se incorporó a esta lengua [la castellana, naturalmente; o española, como proclamaba el susodicho título] la palabra traductor».

No tenemos, cierto es —habrá que recordarlo una vez más—, un diccionario histórico que llegue hasta la T, no tenemos las grandes obras de consulta de ese carácter que sí tienen otras lenguas europeas. Y hace tiempo, demasiado tiempo, que a falta de tal pan muchos parecen haberse contentado con unas tortas en sí excelentes, pero destinadas a otro fin —no el de fechar palabras, menos aún acepciones, locuciones, variantes, etc.—, y que, en consecuencia, son mero sucedáneo provisional y muy laxamente orientativo en lo que a dataciones se refiere. Estoy hablando, naturalmente, del benemérito diccionario «crítico-etimológico», que no histórico, de Joan Corominas.

El gran filólogo catalán hizo un esfuerzo encomiable. No cabe, en rigor, responsabilizarle a él del uso inconscientemente alegre que otros hagan de su obra. Sí hay que recordar una y otra vez que las fechas o indicaciones cronológicas de «primera documentación» que tras los vocablos se ofrecen en dicho repertorio son datos de procedencias diversas y, consiguientemente, también diversas fiabilidad o veracidad, y que según los casos pueden implicar márgenes de «error», o digamos de «desviación», que se cuenten no ya por años o décadas, sino hasta por siglos.

Y así, decir que el latinismo traductor «se incorporó» a nuestro idioma en 1611 es una ligereza impropia de la profesionalidad que cabría esperar en los responsables de una revista del ramo. El dato, desde luego, procede de Corominas; el cual, en su economía de medios, consigna tan solo: «1611 tradutor». Aunque no lo diga, es obvio que el dato deriva, precisamente, del Tesoro del canónigo conquense, donde, en efecto, figura tal forma (sub voce tradución). En el Diccionario de autoridades nuestra palabra (traductor) lleva un texto de la segunda parte del Quijote, posterior, por tanto, en cuatro años al diccionario de Covarrubias. Si hubiera pertenecido a la primera parte, Corominas, lógicamente, habría consignado, en vez de 1611, 1605. Si el Tesoro lexicográfico de Gili Gaya no se hubiera detenido en la E —aunque nuestro etimólogo, en realidad, sólo pudo servirse de él hasta la C— y hubiera, por ende, podido informarle de que la voz estaba en el diccionario hispano-inglés de Minsheu [«Traductor or Tradutor, m., a translator»], Corominas habría dado la fecha de ese diccionario, 1599, como la de «1.ª doc.» de la palabra. Y, en fin, si el Diccionario histórico de 1933-1936 hubiera llegado hasta la T en vez de interrumpirse a mitad de la C, y hubiera eventualmente facilitado para el vocablo un texto anterior a todas esas fechas, don Joan habría apuntado la correspondiente data. Ese era su modo de proceder, esas sus fuentes de información, con el estremecedor margen de contingencia que implican (no se pierda de vista el albur alfabético: una palabra, por el mero hecho de empezar por a, b o c, ya tiene en el Diccionario crítico-etimológico la posibilidad de beneficiarse de algo más rica información que las que comienzan por letras del tramo medio y final del alfabeto). Convertir por arte de birlibirloque el dato «1611» en artículo de fe, aceptarlo acríticamente y a cierra ojos, arriesgarse a decir que en esa fecha traductor «se incorporó» al español, es tener ganas de darse un buen batacazo.

Acaso no sería mucho pedir en unos especialistas en historia de la traducción que tuvieran noticia de un trabajo de Germán Colón sobre la familia léxica de nuestro vocablo en catalán, castellano y otros romances; sabedores por él de que traducir y tradución se documentan hacia 1442 en Juan de Mena, acaso se habrían atado los machos antes de lanzarse a situar el nacimiento de tradu(c)tor a principios del xvii. Mas, sin llegar a tanto, un vistazo a los corpus textuales disponibles los hubiera enterado de que ya en 1508 (un siglo antes de que Covarrubias compilara su Tesoro) Francisco de Ávila se había referido a fray Ambrosio Montesino como «traductor del Cartuxano». O acaso, estrujando la memoria, podrían haber recordado la célebre carta-prólogo de Garcilaso antepuesta a la traducción de El cortesano hecha por su amigo Juan Boscán, en la que aseguraba (1534) haber sido este «muy fiel tradutor» de Castiglione.

No, traductor no «se incorporó» al español en 1611, sino acaso —seamos prudentes— a principios del xvi, en convivencia con traduzidor, que está en Nebrija (y también antes, a mediados del xv), trasladador, etc. La presunta «efeméride» —bien pocas habrá seguras en historia del léxico— no les sirve a los responsables de la revista 1611 para reforzar la elección del título. En cualquier caso, debemos encarecerles, a ellos y a otros muchos, que no pidan al venerable, añoso olmo plantado por don Joan Corominas las peras que no puede darles.

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