Ciencia y técnica
Por Pablo Martín Sánchez
El escritor argentino Juan Sasturain, en su relato La bandera almidonada, recrea la tarde del 21 de julio de 1969 en la que millones de personas de medio mundo (el medio mundo que por aquel entonces podía permitirse el lujo de tener televisor) vieron, entre incrédulos y anonadados, cómo el hombre pisaba por primera vez la Luna. El hombre en cuestión era Neil Armstrong, seguido poco después por Buzz Aldrin. Sin embargo, Sasturain no escribe la historia desde el punto de vista del primero, ni tampoco del segundo, sino desde la frustrada perspectiva de la familia del tercero. Porque había un tercero, claro que sí: el coronel Michael Collins, que permaneció estoicamente en el módulo de mando, dando vueltas alrededor del satélite, mientras sus dos compañeros de viaje (y qué viaje, my God) daban saltitos disfrazados de Michelin y se cubrían de gloria para toda la eternidad.
Pero aquí no estamos para hablar del estoico coronel, y mucho menos de su abnegada familia, sino del disfraz que llevaban los otros dos astronautas. Un disfraz —llamémoslo traje espacial— cortado con el patrón de un sastre granadino: el general Emilio Herrera Linares, director de la Escuela Superior de Aerotecnia y presidente del Gobierno de la República en el exilio. Efectivamente, ya en 1935, el que fuera el primer español en cruzar volando el estrecho de Gibraltar se había dado cuenta de que a la Luna no se podía viajar ataviado con esmoquin y paraguas —tal como el cineasta Georges Meliès nos había hecho creer en su Viaje a la Luna— y había diseñado una «escafandra del espacio» que debía permitir a los pilotos ascender hasta las capas más altas de la estratosfera.
El traje cubría de los pies al cuello y estaba rematado por un casco de acero forrado con fieltro; era articulado, impermeable al aire, protegía de los rayos ultravioletas e infrarrojos, y recibía oxígeno de un aparato inhalador que absorbía al mismo tiempo el anhídrido carbónico. Además, mantenía el calor y la presión atmosférica a unos niveles tolerables para el astronauta, por mucho que descendiesen en el exterior, tal como pudo comprobar don Emilio en diversas pruebas realizadas en una cámara de vacío. Lástima que el estallido de la Guerra Civil le impidiera poner en práctica realmente su invento: a pesar de haber sido designado por Alfonso XIII como gentilhombre de cámara por su hazaña gibraltareña, Emilio Herrera se mantuvo fiel al gobierno legítimo y participó en la cainita contienda desde el bando republicano, lo que acabaría condenándolo al exilio.
No obstante, su escafandra fue el modelo adoptado por rusos y americanos tres décadas después, durante la ardua batalla por la supremacía del espacio. Y así lo reconocería la NASA por boca del propio Neil Armstrong, quien confesó a Manuel Casajust (discípulo de Herrera e ingeniero en Cabo Cañaveral durante el lanzamiento del Apolo XI) que si no hubiera sido por su maestro, él nunca habría pisado la Luna. Y para que no quedara ninguna duda, le regaló una de las rocas recogidas en la superficie selenita, roca que fue a parar al Museo del Aire de Cuatro Vientos, de donde desapareció misteriosamente hace unos años, como queriendo borrar la prueba de la participación española en la conquista del universo.
La leyenda cuenta que el embajador estadounidense le ofreció a don Emilio un cheque en blanco para trabajar en su programa espacial. «Con la condición de que ondee en la Luna la bandera española», fue el envite de su respuesta. «There’s no question», le espetó el americano. Y el militar exiliado se quedó sin ver realizado su sueño, pues moriría en Ginebra en 1967, dos años antes de que medio mundo contemplara, entre incrédulo y anonadado, cómo el hombre pisaba la Luna.