Arte / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
El Pardo y la Sierra del Guadarrama forman parte indisoluble de la vida artística madrileña. Fueron muchos los pintores que supieron ver en ella los valores de una naturaleza que es capaz de mejorar, y reubicar al hombre, tantas veces enajenado en una sociedad vertiginosa capaz de autodevorarse. Por azares de la historia el monte del Pardo se ha preservado sólo en parte de los ataques especulativos del ladrillo ya que la clase aristocrática, económica y política de Madrid siempre vio en él un lugar privilegiado para conquistar, desde que en la Baja Edad Media los reyes tuvieran aquí uno de sus cazaderos preferidos. Aunque su núcleo todavía hoy se conserva, las grandes fincas que lo rodean han ido paulatinamente urbanizándose a lo largo de los siglos xx y xxi. Lo más peligroso es que en aras de un desarrollismo no siempre bien entendido, asistamos próximamente a un nuevo mordisco que producirá, sin duda, una mortal herida, si las autoridades que representan al bien común permiten introducir en su corazón una gran carretera. Por muy enterrada que ésta aparezca, al igual que las víboras que se camuflan antes de su mortal ataque, la polución que generaría en cualquiera de sus versiones, crearía cancerígenos tumores de infección.

Aureliano de Beruete (1845-1910): El Guadarrama desde el Plantío de los Infantes (detalle)
Lienzo, 67 x 101 cm
Núm. de inventario: 5552
Peor suerte ha tenido el pie de la sierra del Guadarrama ante los increíbles y voraces planes urbanísticos de los pueblos que la acechan. Resulta curioso que el arte, sí, las realizaciones de los artistas a lo largo de los siglos se hayan convertido en uno de los puntos fuertes, y más sinceros garantes, de la conservación del Guadarrama, al avalar y justificar la necesidad de preservar todos estos parajes, cantados hace siglos por el propio Arcipreste de Hita o el Marqués de Santillana. Velázquez pintó una y otra vez estos lugares como se ve en sus fondos de los regios retratos destinados al palacio de la Torre de la Parada ubicado en el propio Pardo, así como en la escena de caza allí celebrada que representó en la denominada Tela Real de la National Gallery de Londres. Pero será el siglo xix el que vuelva sobre los pasos velazqueños con una enorme fuerza, al Pardo y al Guadarrama. Pintores de la talla de Muñoz Degrain, Carlos de Haes, Martín Rico, o Aureliano Beruete, entre muchos otros, salieron de Madrid a pintar el sotobosque de encinas, pinos y quejigos, y los graníticos y berroqueños paisajes de la Maliciosa, la Pedriza o de Cuerda Larga, que le sirven de monumental fondo. Fue muy importante al respecto la labor desempeñada por la Institución Libre de Enseñanza fundada en 1876 por Francisco Giner de los Ríos, Nicolás Salmerón, Teodoro Sainz Rueda o Gumersindo de Azcárate, entre otros, y de la que artistas como Beruete formaron parte decidida en sus actividades desde su creación.
Compartiendo las teorías del regeneracionismo social y salud pública del filósofo alemán Karl Christian Friedrich Krause (1781-1832), difundidas en España con gran entusiamo por Joaquín Costa (1846-1911), la Institución Libre de Enseñanza, al margen del Estado y sus instituciones, propugnaba una enseñanza integral laica. Defendió la libertad de cátedra frente a los principios dogmáticos de la moral, la religión y la política, así como la vuelta a la naturaleza, por lo que salir al campo para conocer directamente el mundo natural se convirtió en una de las actividades básicas de la formación de sus alumnos. No es de extrañar el papel fundamental que adquirió la sierra madrileña para los artistas e intelectuales madrileños que supieron ver en ella su propia liberación.