Literatura
Por Marcelo Villena Alvarado
Durante la última década, Víctor Hugo Viscarra (1958-2006) ha vivido una suerte de consagración dentro de la narrativa boliviana, no tanto de parte de la crítica (que todavía no ha intentado una valoración seria) como del público lector que ha logrado algo así como un boom editorial. Relatos de Víctor Hugo (1999) y el libro de cuentos Alcoholatum & otros drinks (2002), tienen ya las ediciones agotadas; tal como Borracho estaba, pero me acuerdo: memorias del Víctor Hugo (2004), colección de relatos autobiográficos que ha terminado por instaurar en el Parnaso local una figura que a lo mejor le faltaba: la del escritor que viene y vive y bebe y muere en el submundo de la noche paceña, ese mundo marginal, regido por la pobreza, el alcohol, la prostitución y la violencia; ese otro «otro mundo» que, de Saenz a Cárdenas, ha seducido a cierta veta de la literatura y de la crítica. La pregunta más pertinente, sin embargo, todavía se mantiene abierta: ¿qué es lo que además del halo de testimonio auténtico, que generalmente fascina el voyeurismo letrado, nos ofrece la obra de Víctor Hugo Viscarra?
Hay allí algo que tiene que ver con la autenticidad, por supuesto; algo que sin embargo no debe apreciarse como mera espontaneidad, ni como representación o copia autorizada, por un origen o una estirpe. Se trata más bien de la autenticidad de una escritura que, como tal, asume el artificio de su propia búsqueda y juega con sus propias máscaras: no hay que olvidarlo, en efecto, en los 80 Viscarra publicó ya un Diccionario del Coba, lenguaje secreto del hampa boliviano; un diccionario del «Coba» que, a diferencia del argot, es propia lengua de germanía. Lo que caracteriza a la de Viscarra, en tal sentido, es más bien cierto gesto de honradez y de fidelidad con respecto a ese «otro mundo» del que participa y del que también, por la escritura misma, se separa. Borracho estaba… es, desde esta perspectiva, donde mejor puede apreciarse la tensión que inspira toda su obra: se trata, por una parte, de una suerte de mural de ese submundo; pero también, por la otra, de un recorrido individual que, atravesándolo, logra captar con la escritura ciertas experiencias esenciales.
En efecto, pues a través de breves relatos Viscarra reconstruye tanto espacios de esta otra sociabilidad (los prostíbulos pero también «Las catedrales», míticas cantinas que tuvieron su época de gloria a fines de los 70 y comienzos de los 80, últimos años de la dictadura), como lugares donde se juegan sus dramas más íntimos y cotidianos (las celdas de la policía, la morgue, los sitios más o menos públicos y techados donde los sin domicilio pasan sus noches). En estos escenarios Viscarra se acerca a historias y personajes emblemáticos y más o menos individualizados (k’epiris o aparaditas, cholitas «a calzón quitado», agentes de la policía, ladrones y traficantes de toda estirpe, «vampiros» y perros callejeros), pero nunca reduciéndolos a estereotipo o mero objeto de mitificación. Ninguno de ellos, en efecto, será el aparadita que en Saenz deviene cifra del universo (o de lo que fuera, como lo fuera el clochard para los surrealistas), pues la escritura de Viscarra busca y generalmente logra acercarse e interrogar a estos personajes acariciando más bien su propia facticidad, logrando que su lector también se reconozca y dialogue con esos seres del hampa compartiendo experiencias de la más elemental humanidad: el amor, la violencia, el frío, el sueño. Con su lenguaje decididamente referencial, denotativo, crudo, Borracho estaba… logra entonces abrir fisuras que, más allá del mural, abren hacia un conocimiento del mundo y una experiencia intersubjetiva. Entre ellas, la que el propio Víctor Hugo Viscarra busca en la veta propiamente autobiográfica de este libro: allí donde de una u otra manera, desde las cicatrices en las manos que le dejaran los castigos de la madre, hasta la juvenil labor de escribano en la parroquia del Gran Poder, se afirma la virtud de la escritura pero también la marca de su destino: la posibilidad y la construcción de sentidos, pero también el hado de la más estricta soledad.
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