Arte / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
¿Hasta qué punto los artistas pueden sustraerse de la pautas marcadas por los marchantes o de las modas tan arbitrarias del mercado artístico y su clientela? Al fin y al cabo hay que comer, y es muy lícito querer vivir bien y llevar una vida desahogada, y más cuando en tantas ocasiones se parte de un pasado humilde. Sin duda, el artista que es genial sabrá imprimir su sello en su obra.
Fortuny también se vio inmerso en el mercado. En los años sesenta del siglo xix, precedido del éxito conseguido en Roma, entró en contacto con el famoso marchante Adolphe Goupil quien a cambio de lanzarle al estrellato parisino marcó parte de su producción, al limitar su libertad en pos del interés comercial. Por ello realiza, con resonado éxito, pinturas costumbristas y militares de carácter dieciochesco de pequeño formato, conocido como el género del tableautin y del «casacón», por la reiterada utilización de modelos militares, popularizado por Jean-Louis-Ernest Meissonier (1815-91). Goupil inauguró un hôtel en la rue Chaptal de París en donde trabajaban e incluso se alojaban los artistas promocionados por él. Goupil significaba marketing, éxito y la introducción de los artistas, y su producción, en el seno de la sociedad parisina. En el hôtel de Goupil se organizaban exposiciones y ventas, e incluso se editaban estampas que difundían el arte que le interesaba. Allí, en la primavera de 1870, Mariano Fortuny presentó algunas de sus pinturas ante el reconocimiento y entusiasmo de la crítica, que vio en su Vicaría una obra excepcional. Pero Fortuny fue mucho más allá y no se quedó encorsetado en el mercado. Sus viajes a Marruecos y su admiración por las pinturas de artistas como Delacroix, marcaron su gusto por el orientalismo tal como se percibe en esta obra, que pudiendo formar parte del género del tableautin, se aleja igualmente de él.
Esta tabla fue pintada tras realizar su último viaje a Marruecos en 1871 desde Granada, donde estuvo viviendo entre 1870 y 1872. Se trata de una pintura de gran fuerza en donde un marroquí con espingarda, una mujer con un niño y un jinete se recortan bajo la implacable luz blanca del mediodía sobre una tapia encalada, en una composición que rezuma una enorme quietud. La técnica vibrante y abocetada de Fortuny, la preocupación por los efectos lumínicos, los contrastes de color de la telas y los jaeces del caballo, junto a las hierbas y plantas que animan la pintura, hacen de esta tabla una importante muestra del orientalismo que tanto le gustó. Cuatro años después de la muerte del pintor en Roma, la obra fue expuesta en la Exposición Universal de París de 1878, en la «Sala Fortuny» que con tanto cariño le dedicaron sus íntimos amigos Martín Rico y Raimundo Madrazo.