Arte / Claroscuro
Por Laura Rodríguez Peinado
La infanta Isabel Clara Eugenia, hija de Felipe II y su tercera esposa, Isabel de Valois, nació el 12 de agosto de 1566 en Valsaín (Segovia) y murió en Bruselas el 1 de diciembre de 1633. Fue la hija predilecta del rey, quien la llamaba «luz de mis ojos». Cuando murió Ana de Austria, la cuarta esposa del rey, asumió funciones de reina y madre de sus hermanos pequeños y posteriormente su padre permitió que le ayudase en los asuntos del gobierno. El rey quiso para ella el mejor pretendiente porque quería que llegara a reinar. Reclamó en su favor el trono de Francia al morir sin descendientes directos Enrique III, hermano de su madre, y al no conseguirlo la nombró reina de los Países Bajos en 1598, otorgándole el reino como dote junto al ducado de Borgoña, al contraer matrimonio un año después con su primo el Archiduque Alberto de Austria; pero al morir su esposo y no tener descendencia estos territorios revirtieron a la corona española, siendo nombrada por su hermano Felipe III y ratificada por su sobrino Felipe IV gobernadora de los Países Bajos, cargo que ostentó hasta su muerte.

Alonso Sánchez Coello (1531/1532-Madrid, 1588): La infanta Isabel Clara Eugenia (detalle)
Óleo sobre lienzo, 116 x 102 cm
Núm. de inventario: 1137
El pintor de corte Alonso Sánchez Coello retrata a la infanta a la edad de 13 años. Su pose responde a los estereotipos del retrato cortesano y su efigie destaca sobre un fondo neutro, lo que acentúa más la textura del tejido de su traje y el reflejo de la luz sobre sus joyas. Aunque todavía era muy niña, su figura rígida y envarada y su indumentaria en nada difieren de las de las damas de la corte, sólo su rostro denota su condición infantil. Viste a la moda española con saya entera en raso blanco con brocados dorados. La saya era un vestido de encima que podía estar realizado en una sola pieza o en dos. Era característica su falda acampanada cuyo tejido debía quedar completamente liso, por lo que era necesario vestir debajo un verdugado armado con aros con el que se conseguía una forma rígida que simulaba, en la silueta de la mujer, un cono con vértice en la cintura contrapuesto al cono que se formaba en el cuerpo de la saya o sayuelo, acentuado por las guarniciones de pasamanería con rosetas que desde los hombros descendían en línea convergente, para unirse bajo la cintura con el galón central que se continuaba hasta la base. El sayuelo se armaba con un cartón que ocultaba por completo las formas femeninas. Las mangas son del tipo «de casaca», con realce tubular en los hombros de donde cuelgan sueltas cayendo por atrás, lo que permite ver las manguillas de seda blanca decoradas con galones de pasamanería dorados y rematadas con puños de encaje, como también es de encaje el remate de la lechuguilla de lienzo de Holanda que sobresale del cuello del sayuelo cubriendo ligeramente las orejas y enmarcando el rostro. Rodea su cintura un ceñidor o cinto con eslabones realzados con perlas y pedrería que cae por delante en forma triangular, como era moda en la época. Asimismo se adorna con un espléndido collar, a juego con el ceñidor. Dichas joyas las luce su madre en el retrato atribuido a Sofonisba Anguissola conservado en el Museo del Prado (Inv. 1031). Su peinado hacia atrás con rizos ensortijados se adorna con una gorra aderezada con perlas y en el centro, cayendo hacia la frente, la perla en forma de lágrima que luce Ana de Austria en algunos retratos.
La moda femenina española apenas sufrió variaciones en la segunda mitad del siglo xvi a excepción de los ligeros cambios apreciables en los peinados, las formas de los tocados y las dimensiones de las lechuguinas. Por su parte la indumentaria encerraba el cuerpo de la mujer como en un estuche ocultando por completo las formas femeninas al quedar encorsetadas en esos ricos envoltorios que, indudablemente, contribuían a mostrar damas de gran empaque. En el Libro de geometría, práctica y traça, el qual trata de lo tocante al officio de sastre de Juan de Alcega, publicado en Madrid en 1580 y en Geometría y traça perteneciente al oficio de sastre de Francisco de la Rocha Burguen, publicado en Valencia en 1618, se reproducen los complejos patrones que permitieron ejecutar estos bellos y complicados trajes.