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Lunes, 15 de junio de 2009

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CULTURA Y TRADICIONES

Quintos muertos en África y unas placas azules

Por José Miguel Lorenzo Arribas

Después de tantos años de ominoso silencio, algunos cineastas han vuelto los ojos a las Guerras de África, tratando de explicar uno de los episodios más oscuros y vergonzantes de la Historia de España. Espoleada la curiosidad por la revisión historiográfica que en los últimos años ha reflexionado sobre este pasaje lamentable, ha dado como resultado dos frutos fílmicos: un documental titulado Arrash, que significa ‘veneno’ en amazigh, el idioma hablado en el Rif), dirigido por Javier Rada y Tarik el-Idrissi, y de una película, Rif (Manuel Horrillo), de reciente estreno ambos.

Es sabida la carnicería que para la población rifeña y para la carne joven de cañón española supusieron los años de contienda, siendo los sucesos de Barranco del Lobo (1909) y Annual (1921) ápices tan sólo de esta sangría humana que los políticos españoles propiciaron criminalmente. No tanto se conoce de las matanzas sufridas por la población rifeña, sometida, por primera vez en la historia —qué triste marca—, al bombardeo con armas químicas, como bien relata el documental citado.

En mis viajes por las bellas tierras sorianas, me sorprendió encontrarme en algunas iglesias con unas sencillas placas azules, arrumbadas y polvorientas la mayor parte de ellas, que ponían nombres y apellidos a algunos de los miles de jóvenes que, sacados de sus pueblos natales, fueron enviados al seguro matadero africano. Mueven ciertamente a la reflexión. Tales chicos, que apenas conocían el terruño que trabajaban, obligados a cumplir el Servicio Militar por no tener dinero para redimirse, fueron enviados a otro continente en las condiciones más hostiles que imaginarse pueda. Las autoridades sabían que muchos de ellos no volverían, diezmados por la falta de higiene, las hórridas condiciones cuarteleras, las enfermedades o los combates. A estos pueblos llegó, en fatal momento, la noticia de su muerte, que no sus cuerpos. Las placas funerarias, de factura industrial (cayeron muchos, y compensó hacer un molde), dieron cuenta del luctuoso hecho, rezando invariablemente: «Fulanito de Tal. Soldado de Infantería. Muerto gloriosamente por la patria en la campaña de África. Rogad por él». Y una fecha. De entre la media docena que he podido ver y fotografiar, uno de los caídos era un cabo, soldados el resto. Una pequeña variación se produce en la redacción. En un caso, el muerto lo fue por la patria, a secas. El resto alterna el «gloriosamente» con «heroicamente». ¿Qué diferencia habría? La retórica, sin más. Consta en la prensa contemporánea la recompensa que al padre de uno de ellos le dieron: mil pesetas. Eso costaba su hijo. Y tuvo suerte, porque le indemnizaron. Otros costaron mucho menos.

A tantos años de aquellos hechos, poco se puede hacer, más que investigar y saber qué pasó y cómo, y trabajar para impedir que vuelva a repetirse. Entonces, sí podemos hacer algo, como pedir el cierre del Complejo Químico Militar de La Marañosa, muy cercano a Madrid. Allí se fabricó el gas mostaza y otras armas químicas con que se gaseó a la población rifeña. Tantas décadas después, allí se sigue investigando y produciendo armamento NBQ (nuclear, químico y bacteriológico). Vergüenza da que a estas alturas no se haya cerrado para siempre. Podemos hacer algo más, entonces. Es el mejor homenaje para las víctimas de las guerras. Para evitar tener que seguir encargando nuevas placas azules, o que, por nuestra inacción y la acción de los gobiernos, las tengan que hacer en otros lugares.

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