Arte / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
En este enorme cuadro, como si de un gigantesco tapiz bajomedieval se tratase, Francisco Pradilla en su última etapa pintaba para la nueva residencia santanderina del industrial vasco Luis Ocharán, uno de los episodios más felices de la vida de los Reyes Católicos, descrito con todo detalle por el cronista Andrés Bernáldez. Se trata de la bulliciosa fiesta organizada con motivo del bautismo, o presentación pública, del príncipe don Juan, en la catedral hispalense el 9 de julio de 1478, diez días después de su nacimiento en los Reales Alcázares. Por fin había llegado un heredero varón, llamado a portar el cetro de las coronas de Castilla y Aragón. Aprendió la labor de gobernar durante su adolescencia en una corte que para tal efecto se creó en la villa soriana de Almazán, junto a sus hombres de confianza. Con tan sólo dieciocho años se casó en la primavera de 1497 con una hija de Maximiliano de Austria, Margarita, en Burgos, con grandes fiestas en la linajuda ciudad castellana y en la Casa del Cordón de los Condestables de Castilla, los Velasco. Pero la tragedia llegaría a los pocos meses, cuando murió el príncipe en la ciudad de Salamanca el 5 de octubre del mismo año.

Francisco Pradilla (1848-1921): Cortejo del bautizo del príncipe don Juan, hijo de los Reyes Católicos, por las calles de Sevilla (detalle)
Lienzo, 193 x 403 cm
Núm. de inventario: 7601
Pasaron más de treinta años desde que Pradilla realizase su famosa y dramática pintura dedicada a Juana la Loca en 1877. La pintura de historia ya no gozaba del éxito del pasado y casi podríamos decir que esta obra dedicada al príncipe don Juan constituye el canto del cisne de un género pictórico a punto de morir. Se podría afirmar que la pintura de historia quedó relegada a los grandes carteles anunciadores del cine histórico de los años cuarenta que retomó el testigo de la grandilocuencia del pasado, al utilizarse tras la Guerra Civil, para revivir los episodios que se consideraban por entonces fundamentales en la forja de la historia nacional. Incluso algunas de las más famosas pinturas del género, como Doña Isabel la Católica dictando su testamento poco antes de fallecer de Eduardo Rosales, la Conversión del duque de Gandía al reconocer el cadáver de la emperatriz Isabel de Portugal de José Moreno Carbonero, el Fusilamiento de Torrijos o Los comuneros de Castilla de Antonio Gisbert, influyeron en el cine y en ocasiones se copiaron incluso literalmente. Es más, parece que la tan repetida grandeza de la España de los Reyes Católicos, de Carlos V o de Felipe II, comenzó a entenderse, de manera popular, sólo a través de las imágenes del siglo xix. Se produjeron episodios tan sorprendentes e insólitos como el traslado en 1939 de los restos mortales del fundador de la falange José Antonio Primo de Rivera de Alicante al monasterio de El Escorial. El acontecimiento fue filmado y fotografiado abundantemente. El cortejo fúnebre por tierras levantinas y castellanas, llevando en andas el ataúd y acompañado con humeantes antorchas tras la caída del sol, recordaba enormemente en ocasiones al ambiente y composición del cuadro de Pradilla Doña Juana la Loca, en que ésta acompañaba el cuerpo sin vida de su esposo Felipe el Hermoso por tierras de Castilla, escena que a su vez repite con máximo detalle el director Juan de Orduña en 1948 en el fotograma final de su Locura de amor.