Literatura
Por Marcelo Villena Alvarado
A poco de volver del frente, Augusto Céspedes (1904-1997) publica en Santiago de Chile Sangre de mestizos: relatos de la Guerra del Chaco (1936), una colección de ocho cuentos cuyo escenario y problemática corresponden obviamente al conflicto del petróleo que enfrentó a Bolivia y Paraguay entre 1932 y 1935. Hay una dimensión testimonial en estos cuentos, por lo tanto, y un valor histórico que no solamente echa luces sobre la cotidianidad de la experiencia bélica sino también sobre la cristalización, en campaña, de los conflictos y mutaciones más profundos que vivía la sociedad boliviana de la época. De esto participan sin duda la mirada incisiva y la concisión de una narración que moviliza registros del periodismo y del ensayo, ámbitos en los que Céspedes destacó desde muy joven y que a lo mejor explican la solvencia de una narración con la que se acerca a la narrativa norteamericana de la época (Faulkner, Hemingway, Dos Passos) y su opción por un realismo objetivo basado en el showing. La crítica no ha dejado de resaltar estos aspectos, subrayando también el hecho de que este realismo, lejos de un afán meramente imitativo, despliega una dimensión simbólica en la que no sólo busca representar la realidad de los hechos. Como Faulkner, señala Zavaleta, Augusto Céspedes no nombra los actos sino los efectos encarando, de este modo, la experiencia de los hombres en guerra según un horizonte existencial y, más precisamente, trágico. Detrás de los dramas del frente, lo que Céspedes pone en escena resulta entonces el conflicto de los hombres con esos «trágicos fantasmas», insiste Zavaleta, esos «dioses objetivos» (la muerte, la naturaleza, el poder) que miran a los personajes que les sirven y se les enfrentan. Así, según la mejor veta del realismo crítico, el de Céspedes opta menos por representar que por intensificar y traducir un drama, por mostrarlo e interpretarlo junto a su lector.
Hay, sin embargo, una dimensión que ha sido menos apreciada en los relatos de Sangre de mestizos: aquella en la que el universo y el conflicto trágico se juegan más bien a nivel sensorial, más acá de todo simbolismo y de todo afán interpretativo. El conflicto en el que la escritura explora el drama de la percepción con la que narrador y los personajes se debaten ante la opacidad del mundo y de los signos, antes incluso de hacer su drama inteligible. Parafraseando a Zavaleta, se diría entonces que Céspedes nombra menos los actos y sus efectos que los propios afectos, en su materialidad más concreta. Esto puede apreciarse en la variación de formas y registros narrativos, para empezar; pues tentando de un cuento a otro, ya la forma del diario que revisa un suboficial evacuado en un hospital, ya la reconstrucción imaginaria de un diálogo, ya la clásica narración externa, ya las notas de un soldado muerto en campaña, el narrador se libra menos a una experimentación virtuosa que a la dificultad, no exenta de gozo, de nombrar y de contar el Chaco. Esta ambivalencia atraviesa también las historias que cuenta Céspedes pues, de manera más o menos directa, la narración se focaliza en el conflicto del hombre con su entorno físico, con la sed, el calor, la muerte, la sexualidad, los animales y la propia visibilidad: «La carne de mis manos se ha habituado a todo —dice el militar que dirige la excavación en “El pozo”—, es casi solidaria con la materia terráquea y no conoce de repugnancia». Más allá de la dimensión histórica, por lo tanto, más allá incluso de la dimensión simbólica, Sangre de mestizos explora experiencias tan fatídicas como eróticas: propiamente trágicas, en consecuencia, en tanto afirmación del drama humano como experiencia simultánea de amor y de muerte.
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