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Martes, 10 de junio de 2008

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Arte / Claroscuro

La dama del turbante

Por Susana Calvo Capilla

Nicolò dell’Abbate nació en Módena hacia 1509. A los treinta años ya era un pintor famoso que trabajaba como decorador de mansiones y palacios. Durante su estancia en Bolonia entre 1548 y 1552 conoció de primera mano las obras de los dos maestros que más influyeron en su estilo, el Correggio y Parmigianino, el extravagante pintor de Parma (ca. 1503 - 1540). La popularidad de dell’Abbate hizo que en 1552 fuera llamado a trabajar en la corte de Enrique II de Francia, donde participó en la decoración del Palacio de Fontainebleau. Permaneció allí hasta su muerte hacia 1571, trabajando, además, para la nobleza parisina. No sólo fue un gran fresquista que difundió el manierismo italiano en Francia; también pintó cartones para tapices, diseñó esmaltes e incluso obras de arte efímero para festejos públicos.

Ilustración. Nicoḷ dell'Abbate (1509/1512-1571): «Dama del Turbante verde» (detalle)

Nicoḷ dell'Abbate (1509/1512-1571): Dama del Turbante verde (detalle)
Lienzo, 64 x 50 cm Núm. de inventario: 416

El único lienzo que de este autor posee el Museo del Prado, La dama del turbante, fue atribuido durante algún tiempo al ferrarés Dosso Dossi (1475-79 - 1542), pero hoy se acepta que su autor es el pintor de Módena. Queda en el misterio la identidad de esta bellísima joven, ataviada con un espléndido vestido de voluminosas mangas fruncidas y una fina camisa blanca. Recoge su cabello con una redecilla de hilos dorados y verdes que estaba muy de moda en el siglo xvi entre ciertas damas italianas. El exótico tocado, en efecto, se asemeja a un turbante, lo que dio lugar a la peculiar denominación de «Esclava turca» para una muchacha retratada con parecida cofia por Parmigianino hacia 1532. De hecho, es muy probable que el mismo se inspirase de alguna manera en los otomanos, bien conocidos en el norte de Italia gracias al intenso tráfico comercial existente entre Venecia y Oriente. Los trajes (caftanes, zaragüelles, etc.), turbantes y tejidos orientales llegaban a la Serenísima República no sólo en las bodegas de los barcos mercantes; se conocían de primera mano a través de los embajadores y comerciantes otomanos que visitaban la ciudad, así como de los mercaderes venecianos que viajaban por el Próximo Oriente vestidos «a la turca». Las telas de lujo (brochados y brocados de seda, terciopelos, tafetanes) fabricadas en Venecia competían en esa época con las tejidas por los artesanos de Bursa o Estambul y eran demandadas por los mismísimos sultanes y visires otomanos.

La identidad de las manufacturas de seda venecianas y otomanas, tanto en diseño como en calidad, era tal en el siglo xvi que hoy tenemos dificultades para distinguirlas a no ser que se haga un análisis minucioso de los tintes y de las tramas. Todo aquel que llegaba a Venecia a finales del siglo xv o en el xvi apreciaba la gran influencia del oriente musulmán en los atuendos, la decoración o los productos de lujo de las grandes mansiones. Un viajero curioso como Alberto Durero quedó fascinado, durante su visita en 1495, por el exotismo presente en la ciudad y nos dejó algún que otro apunte de los espectaculares vestidos y tocados que portaban ciertas mujeres (sobre todo las esclavas).

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