Literatura
Por Fernando Aínsa
«En ciertas zonas de la memoria hay vivencias que permanecen afincadas como en uno de esos depósitos de las casas de subastas, llenos de muebles y objetos de variada procedencia y valor. Están allí como aguardando que venga alguien a interesarse, a sacudirles el polvo y a restituirlos al presente». Con esta sugerente propuesta, Hugo Burel (1951) —reconocido narrador uruguayo, autor de El guerrero del crepúsculo, Premio Lengua de Trapo 2001— abre su novela, Tijeras de plata. A ese «depósito» de la memoria, lleno de recuerdos polvorientos, ingresa el narrador para «interesarse» en la vida de un peluquero a cuyo salón concurría de niño de la mano de su padre.
Las «vivencias» recuperadas por ese narrador que apenas disimula el alter ego del propio Burel, son borrosas y deshilachadas; los testimonios de clientes y testigos ocasionales, esos seres que tienen más pasado que futuro, más recuerdos que proyectos, aún recogidos con pericia detectivesca, son contradictorios. El todo compone un puzle al que le faltan piezas y donde otras no encajan en el hueco que ha dejado el paso del tiempo. Pese a ello, el personaje del peluquero Arístides Galán emerge como una figura emblemática de un oficio ejercido con responsabilidad y vocación y, sobre todo, como pieza central de la reconstrucción de una época —los años cincuenta— con su farándula de personajes reales y ficticios, sus acontecimientos históricos de fechas que no siempre concuerdan con las evocadas, y su próspero paisaje urbano de entonces: un barrio del que se enorgullecía Montevideo y donde hoy se multiplican los signos del deterioro.
Novela sobre la memoria y «los extraños pasadizos de la mente» que rigen los recuerdos, Tijeras de Plata es en realidad una nostálgica incursión en el pasado de un país que ofrecía la engañosa luz de una Arcadia que se fue perdiendo y cuyos vestigios apenas reconocibles están hoy vaciados de significado. La empresa de rescatar del olvido esa peluquería («un lugar que huele irremediablemente a viejo, a humedad, a derrota y a desesperanza» y donde «todo parecía abandonado y cerrado desde hacía mucho tiempo») y reencontrar al envejecido y artrítico Galán, parece no tener sentido, si no fuera porque en ese viaje a ninguna parte, en ese «buscar a alguien que ignora ser buscado», el autor va descubriendo como «la nostalgia puede ser buena inspiradora cuando además hay una historia que contar».
Inspirado por la nostalgia del Uruguay que «fue», Hugo Burel no cuenta una, sino varias historias. Porque Arístides Galán —apodado «Tijeras de plata»— es algo más que un peluquero: es un formidable narrador oral, «un extraño demiurgo condenado a oír e inventar o ser depositario de historias ajenas», cuyos relatos mientras corta el pelo o afeita la barba parecen cuentos tan apasionantes y redondos en su estructura, como dudosos en su verosimilitud. Al modo de una Scherazade que posterga, noche a noche, su ejecución, «Tijeras de Plata» ameniza los cortes de pelo —el corte a la romana, la Nueva Ola, el jopo, la cola de pato, la melena, el flequillo, el estilo beatle, el corte a navaja, la nuca marcada en línea recta, la media americana, el corte a «cero» con maquinilla o el simple repaso de mantenimiento, el «sacar la pelusa»— con historias, reales o ficticias, de parroquianos o colegas.
La sucesión de los relatos del peluquero, intercalados en capítulos pares, forma un libro de cuentos en el interior del cuerpo de la novela cuya trama no es otra sino la pesquisa para encontrar al dueño de la «voz» que los cuenta. Lo fantástico es —según comprueba el narrador— como «cada espacio recorrido se transforma en un vacío que va borrando las propias huellas que han conducido hasta ese punto». Y para el lector de Tijeras de plata descubrir una obra que linda con la perfección de la escritura, sin olvidar la melancólica dimensión de la condición humana.
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