Arte / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Ya contamos en el Claroscuro titulado Translatio Sancti Jacobi cómo surgió el culto a Santiago en la Península; hoy hablaremos de los peregrinos. En esta tabla anónima Santiago es representado portando el hábito y los elementos que identificaban a los peregrinos: la concha, el zurrón y el bordón. Esta imagen de Santiago, fijada en torno al siglo xi, no fue sin embargo la única.
Una de las leyendas más extendidas y de más éxito fue la que convertía a Santiago en caballero de la cruzada contra los infieles, el famoso «Santiago matamoros». El barón León de Rosmithal, en su visita de 1466, ve en la catedral un estandarte de color rojo sobre el que había una imagen del santo vestido blanco y montado en un caballo blanco. Los «sacerdotes» le contaron «que en la primera batalla [refiriéndose a la Batalla de Clavijo, La Rioja, en el siglo xi] a la que habían ido con aquella bandera, trece mil cristianos que bajo ella estaban derrotaron y ahuyentaron a cien mil infieles con el auxilio divino y de Santiago». A esta leyenda se añadirán después las apariciones milagrosas de Santiago junto a Carlomagno y sus caballeros en las batallas de la Reconquista, recogidas por la Crónica de Turpin del Codex Calixtinus, escrito en el siglo xii. La imagen de Santiago guerrero ya se había popularizado a finales del siglo xii, como lo muestra el Poema de Mío Cid donde se dice que en las batallas, «Los moros gritan ¡Mahoma! y los cristianos ¡Santiago!». El Apóstol se convirtió en el protector y defensor por excelencia de los monarcas cristianos en su lucha contra los musulmanes de al Ándalus.
Algunos caballeros europeos decidieron participar en la Cruzada hispana, y en ciertos casos aprovecharon el viaje para peregrinar a Compostela. Un ejemplo de ello fue Jorge de Ehigen, quien, tras luchar contra los turcos, vino en 1457 a visitar la tumba de Santiago y a sumarse a las tropas que emprendían la conquista del reino nazarí de Granada. Precisamente en el siglo xv llegaron muchos caballeros, sobre todo alemanes, que viajaban acompañados de un numeroso séquito y con salvoconductos expedidos por los reyes. El citado baron de Rosmithal, un noble bohemio, peregrinó con cuarenta personas y el conde alemán Ulrich von Cilli, en 1430, con unas sesenta. A la usanza de los buenos caballeros, varios dejaron sus armas en ofrenda al Apóstol. Independientemente de su condición, la mayoría de los peregrinos realizaba los mismos gestos devotos y escuchaba las mismas leyendas, como lo prueban las relaciones de sus viajes (en muchas ocasiones escritas por algún servidor). Un caso atípico de peregrino fue el pintor flamenco Jan van Eyck, enviado por su señor, Felipe el Bueno, el duque de Borgoña, en 1427-28, en misión diplomática a negociar el matrimonio de este con la princesa Isabel de Avis, hija de Juan I, el rey de Portugal y, de paso, a hacer su retrato.