ARTE / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
Hacia 1480, debió de nacer en la villa alemana de Kneitlingen el doctor Georg Faustus, un oscuro personaje en torno a quien la leyenda fue tejiendo una tupida historia que dio lugar a uno de los mitos más conocidos de la literatura universal. Astrólogo, alquimista, nigromante, buhonero..., quiso la tradición hacerle protagonista de un siniestro pacto con el diablo según el cual, a cambio de la entrega de su alma, conseguiría distintos favores, riquezas y prestigio social.
Muerto probablemente en 1540, menos de medio siglo después, en 1587, un editor de Fráncfort publicaba la primera versión novelada de su vida. Redactada por un escritor anónimo, este texto se conoce como el Fausto de Spies en homenaje al apellido del librero que lo sacó a la luz, Johann Spies. Tras él, autores como el dramaturgo inglés, contemporáneo de Shakespeare, Christopher Marlowe (The Tragical History of Dr. Faustus, 1592), o el crítico y pensador germano Gotthold Ephraim Lessing (responsable de un drama del que sólo se conoció un fragmento en 1760), entre otros, se hicieron eco de la historia. Pero, sin duda, el de mayor fama y trascendencia es el conocido Faust de Goethe, cuya primera parte fue publicada en 1808, mientras que la segunda no vio la luz hasta 1832, algunos meses después de la muerte del escritor.
Tampoco la música pudo sustraerse a la atracción ejercida por el tema, sobre todo entre los compositores del Romanticismo (entre ellos R. Wagner, H. Berlioz, F. Schubert, R. Schumann y F. Liszt). Como había ocurrido antes en el ámbito de la literatura, también una de estas partituras sobresalió sobre todas las demás. Teniendo como referente el texto de Goethe, y con libreto de Jules Barbier y Michel Carré, el 19 de marzo de 1859 se estrenaba en el Théatre Lyrique de París la ópera Faust de Charles Gounod, cosechando un gran éxito. Menos de una década más tarde, y de plena actualidad, tal vez una de sus arias fuese la fuente en la que se inspiró el pintor madrileño Manuel Domínguez Sánchez para diseñar uno de sus mejores trabajos: Margarita delante del espejo, enviado desde Roma a Madrid para la Exposición Nacional de 1866 (en la inscripción MD Roma / 1866), certamen en el que fue premiado con una 3.ª medalla.
De estructura longitudinal, determina la composición la esbelta figura, fuertemente iluminada, de una muchacha vestida a la usanza medieval. De lánguida belleza, tiene la tez pálida, los ojos claros y una larguísima melena rubia recogida en dos trenzas. De pie frente a un aparador de esquinas torneadas sobre el que reposa un cofre metálico por cuya boca asoman varias joyas, la joven está colocándose un collar de perlas de doble vuelta mientras se contempla en un espejo de forma ovalada. Tras ella, y sobre un fondo neutro y en penumbra, se advierten las siluetas de un banco y de una rueca.
Pintura de elegante factura, sobresale el empleo de unos tonos delicados que se adaptan a la perfección a un equilibrado y cuidadoso dibujo, característico de la producción de su autor. Esta precisión en la definición de las líneas y la suavidad de la paleta cromática, la morfología de alguno de los objetos incluidos en la estancia como el aparador, el cofre o la limosnera con las llaves que pende del cinturón de la protagonista, así como sus propios rasgos fisonómicos, remiten directamente al ámbito germánico. El lienzo supone un bello testimonio de la influencia que ejerció en el pintor, durante sus años de formación, la plástica del grupo alemán de Los nazarenos, artistas con los que entró en contacto en el transcurso de una estancia en Roma a mediados de la década de los sesenta, momento al que pertenece este cuadro.
El asunto está tomado del acto I, parte I, del texto de Goethe. Acudiendo a un tópico conocido como es el de la vanidad femenina, Mefistófeles idea una trampa con el objetivo de rendir la voluntad de la inocente —y modesta— Margarita en favor de Fausto. Para ello coloca un joyero repleto en el armario de la joven quien, al descubrirlo, no puede resistir la tentación de colocarse el aderezo. Mirándose al espejo, sentencia:
¡Si tan siquiera fuesen míos los pendientes! Con esto una tiene en seguida un aire muy distinto. ¿De qué os sirve belleza, juventud? Todo esto es a la verdad hermoso y bueno, pero también nadie hace caso de ello. Se os dirige un cumplido medio por lástima, pues todo corre en tropel hacia el oro, y al oro todo se aferra. ¡Sin estas bellas cosas nadie nos mira! ¡Ah, pobres de nosotras!
También para Gounod éste será uno de los momentos culminantes de la historia, siendo el referente para la bella aria cantada por Margarita que comienza: ¡Ah!... Je ris de me voir si belle en ce miroir...