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Martes, 13 de junio de 2006

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ARTE / Claroscuro

Academia de Sevilla

Por Juan Carlos Ruiz Souza

Diferentes tradiciones antiguas nos hablan sobre la vida de Santa Inés, mártir que murió degollada al defender su virginidad y fe cristiana. La más curiosa de las leyendas es aquella de origen griego que relata como la santa, al negarse a realizar sacrificios a la diosa Vesta, fue conducida a un prostíbulo. Para protegerla, Dios le hizo crecer cabellos por todo el cuerpo, y un ángel encargado de su cuidado la vistió de blanco. Ante tan magnífico suceso fue arrojada al fuego, pero las llamas se apartaban de ella, por lo que finalmente fue degollada. La iconografía más repetida de la santa es lógicamente la que remite a su muerte, por lo que aparece representada con la palma del martirio, las brasas del fuego, o en el momento de ser degollada. Casi siempre aparece abrazada a un cordero, en alusión a Cristo y a su propio nombre, al coincidir sus raíces latinas (Agnes —Inés— y agnus —‘cordero’—).

Este cuadro, que forma parte de las colecciones del Museo del Prado desde 1829, perteneció al retablo de doña Francisca de León del convento hispalense del Santo Ángel. Conserva en su parte inferior derecha la firma de su autoría junto a la fecha de realización: F. PACIECUS 1608.

Francisco Pacheco, importante pintor sevillano que sobresalió especialmente por su labor teórica, fue autor del Arte de la pintura, que junto a los Diálogos de la pintura de Carducho y el Museo Pictórico de Palomino, constituyen los tres tratados más sobresalientes del denominado Siglo de Oro realizados sobre dicho arte. Aunque su nombre queda completamente eclipsado por la carrera de su yerno Diego Velázquez, su labor teórica influyó sin duda en la formación del joven pintor. Pacheco, censor de pintura del Santo Oficio, teorizó mucho sobre el papel del arte surgido tras la contrarreforma. En su dinámica academia de Sevilla, creada en el ambiente de esos «jardines» y «torneos» literarios que aparecieron en las ciudades más importantes de España, a imitación de los que ya existían en Italia, se dieron cita los pintores más importantes del momento, como Herrera el Viejo o Pablo Céspedes, y escritores tan significativos como Cervantes o Lope de Vega. Todos ellos discutirían de literatura, filosofía, teológica, iconografía, de arte y sobre todo de pintura. Sin duda fue allí donde Diego aprendió la dimensión noble del arte de la pintura y por lo tanto de la elevada dignidad intelectual de los pintores, que ya nunca más volverían a ser simples artesanos.

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