ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Gerard David nació en Oudewater, Holanda, hacia 1460. Se formó probablemente en Haarlem, pero fue en Brujas donde obtuvo su título de maestro en 1484. En esa ciudad se instaló y trabajó hasta su muerte en 1523. Su estilo preciosista (posiblemente se dedicó en su juventud a la miniatura) manifiesta influencias de dos grandes maestros como Jan Van Eyck y Roger Van der Weyden, si bien David imprimió a su pintura una personalidad bien definida. Un sutil sfumato leonardesco impregna sus figuras, envolviéndolas en un halo impenetrable y delicado. Los escenarios naturales de sus composiciones, donde nunca faltan ciudades fascinantes y un horizonte montañoso desdibujado por la bruma azulada, lo señalan como uno de los mejores paisajistas avant la lettre. Temas como la Crucifixión o el Descanso en la Huida a Egipto, de los que hizo numerosas versiones, permitieron a David desplegar fabulosos paisajes. En esta tabla, la Virgen, vestida con un amplio manto azul, reposa sentada en unas rocas y amamanta al Niño. Tras ella, el pintor dispone un denso bosque, que la Sagrada Familia acaba de atravesar, y una ciudad inspirada en las de Europa septentrional rodeada de verdes colinas.
El episodio de la Huida a Egipto tenía, además, unas connotaciones religiosas muy caras a los clientes de la época. La Devotio moderna, desde el siglo xiv, dio especial relevancia a San José durante la infancia de Cristo y resaltó su papel en el largo viaje desde Belén a Egipto. Las fuentes más usadas por los pintores, las Meditaciones de la Vida de Cristo, del llamado Pseudo-Buenaventura, y la Leyenda dorada, de Jacopo de la Vorágine, ambos del siglo xiii, se basaban en el evangelio apócrifo del Pseudo-Mateo, que relataba los milagros del Niño Jesús en Egipto. Al llegar a Hermópolis, la última etapa de su éxodo, tuvo lugar un hecho prodigioso. Allí había un templo con 365 ídolos, a los que se rendía culto a diario con ceremonias sacrílegas. Cuando la Virgen y el Niño entraron en él para descansar, todos los ídolos cayeron a tierra con la cara hacia el suelo, haciéndose pedazos (como refleja Patinir en su Descanso en la Huida a Egipto). Afrodisio, el gobernador de la región, acude al lugar con sus tropas para castigar a los culpables. Pero cuando observa a los ídolos caídos exclama: «Si este no fuera el Dios de nuestros dioses, éstos no se prosternarían ante él; entonces adoró a Jesús y todo el pueblo se convirtió con él».
Evidentemente, el paisaje de David poco tiene que ver con los alrededores de Hermópolis, una ciudad situada en el Egipto Medio, junto a la que fue capital del faraón Akhenatón (Tell el-Amarna). Fue un relevante centro religioso del Antiguo Egipto y, al parecer, una bellísima ciudad, también llamada «llanura de los tamariscos». En el siglo v d. C., los cristianos construyeron una gran basílica, hoy conocida gracias a la arqueología, que se convirtió en sede episcopal y en centro espiritual rodeado de varios monasterios coptos.