La pareja protagónica de la película Embrujo (1947) compuesta por Lola Flores y Manolo Caracol, con su posible relación amorosa fuera de las pantallas, es mucho más recordada que el filme, que el director y la historia que cuenta.
La película fue dirigida por Carlos Serrano de Osma, uno de los pocos directores españoles de los años cuarenta que se atrevió a experimentar. Junto a
los colegas Antonio del Amo, Pedro Lazaga y Agustín Navarro, lanzó un manifiesto ideológico cinematográfico en el que señalaba que la técnica estaba por encima de todo, aunque el anagrama de su ideario, CCC (cerebro, corazón, coraje) no descartaba otros elementos a la hora de contar una historia.
Embrujo narra la historia de una bailaora flamenca, marcada por una pasión, la del maestro cantaor hacia ella. Un sentimiento que se va desatando hasta convertirse en una obsesión. Pareciera que el título y la trama dan por sentado que la mujer es una especie de «bruja» cuya existencia la hace irresistible al hombre, es decir, ella es la única responsable de la pasión que despierta, mientras que el hombre no lo es al sobrepasar los límites.
El director logra plasmar la pasión obsesiva, sacando provecho de las propias cualidades interpretativas de ambos artistas del flamenco, que están en su mejor salsa, pues cada uno, más que un trabajo de caracterización, trasmite el profundo sentimiento de su arte, el baile y el cante. Serrano de Osma se extasía con el baile de Lola Flores y la mirada de Manolo Caracol y ambos elementos comunican más que la palabra. Además, el director consigue explicar esta pasión enfermiza a través de escenas surrealistas, que muestran el mundo onírico de los personajes, en las que sus deseos sí encuentran respuesta.
La película posee una fuerte carga erótica, aunque sin ser explícita, ya que en la época era difícil aceptar un planteamiento directo del erotismo. Este ardor se muestra con el montaje paralelo y el magnífico retrato de las secuencias musicales, en donde predomina el baile y la presencia corporal de Lola Flores, un atractivo que parece ir en contra del personaje femenino, porque
cuando más libre es para expresar su arte, mayor es la obsesión del maestro. El hombre comienza alabando las cualidades artísticas de la joven para luego pedir correspondencia a su deseo erótico. La bailaora deja claro que ella no lo desea, pero él no escucha, por el contrario, su negativa se convierte en un catalizador que lo impulsa a besarla y poseerla, a toda costa.
Una de las mejores secuencias asocia el montaje con el baile y el crescendo musical con el clímax de la historia. La pareja artística se ha separado, ella no soporta la persecución de Manolo (acoso que ha llegado a manifestarse en un puñetazo que él le propina, sin ningún arrepentimiento, delante de otras personas). El maestro se da a la bebida y entre sueño y sueño se acerca a ese cuerpo vedado. Ella, como es de esperar en el patrón de pensamiento del personaje femenino de la época, se siente culpable y, cuando se ha alejado el maestro acosador, lo extraña.
Lola reaparece en la ciudad, Manolo la ve, escondido entre el público. El baile, la música y el ritmo de la danza son cada vez más frenéticos. Ella gira y gira, él la mira y la mira hasta que, en el punto culminante del baile, se desmaya y simultáneamente, caen los dos en el escenario. Luego los vemos reposando con los ojos cerrados, pareciera que juntos, pero no es así, cada uno está en un lugar diferente: toda una alegoría del acto sexual que hábilmente muestra el director.
Tras la muerte del maestro, la bailaora le dedica una danza vestida de negro y con mantilla, como si fuese su viuda, en un ambiente fantasmagórico, con sobreimpresión de imágenes de fuego. Su baile, en esta ocasión, finaliza con otro desmayo, como si expresase la incapacidad de continuar sola, y embrujada por la ausencia de la pasión destructiva que la perseguía. Sin embargo, el que la historia esté contada en
flash back nos permite saber ella sí ha podido salir adelante, a pesar de la triste experiencia.