Arte
Por Carlos Jiménez
Juan Muñoz (Madrid, 1953-Ibiza, 2001) es el artista que falta. Y justamente ahora cuando la generación a la que pertenecía alcanza la plena madurez y proyecta con fuerza su obra fuera de España sin verse obligada a abandonar el propio país como debieron hacerlo tantos de sus antecesores. Juan Muñoz hizo todas esas cosas antes que la mayoría de sus coetáneos gracias a una combinación excepcional de intuición, talento y energía —sobre todo energía—. Energía para inventarse a sí mismo como artista, energía para acuñar y defender a brazo partido unas apuestas estéticas sin duda intempestivas y energía para abrirse camino en escenarios artísticos tan exigentes y tremendamente competitivos como el de Nueva York y sobre todo el de Londres, donde logró lo que hasta ahora han logrado los mejores de los mejores: ser elegido para hacer una gran intervención en la Sala de Turbinas de la Tate Modern. Ese fue ciertamente el mayor desafío que enfrentó en su breve e intensa vida, como lo demuestra lo difícil que resulta ahora separar su prematura muerte del desmesurado gasto de energía que le implicó la aceptación y la resolución del mismo. De hecho Juan Muñoz murió en Mallorca en el verano de 2001 y con apenas 48 años de edad y sólo unas semanas después de la inauguración de Double bind, su macro-instalación de la Tate Modern, que tal vez debiéramos interpretar más como su testamento que como su obra póstuma.
Ninguna descripción logrará sin embargo dar cuenta de la dimensión y la complejidad de esa intervención portentosa, ni siquiera la notable colección de fotografías realizadas por Marcus Leith ex profeso para el catálogo que la documenta. Para diseñarla Muñoz contó no solo con su antiguo y apasionado interés por la arquitectura sino también con la información gráfica que reunió durante una viaje previo por las metrópolis del Extremo Oriente, modelos de un urbanismo cuya saturación humana y espacial dejó su impronta en Double bind.
De hecho esta obra consistía en un trama de ventanas, puertas y pasillos, abiertos a una decena o más de pequeños patios de vecindad, que el espectador veía siempre desde abajo, como si fuera un intruso inmiscuyéndose sin ningún derecho en las escenas de vida cotidiana protagonizadas por esculturas que parecían maniquíes vestidos o viceversa. Vistos desde arriba —desde los pisos superiores de la Tate Modern— esos patios se desvanecían en la ambigüedad del trampantojo, como si la superficie que los limitaba por encima sólo estuviera penetrada por un par de cajas de ascensores acristalados que subían y bajaban ininterrumpidamente, siempre iluminados y vacíos.
El propio Muñoz negó que esta obra maestra suya tuviera sobre todo un sentido escenográfico, pero lo cierto es que en ella reunió y reunió y condensó lo mejor y lo más característico de su trabajo en lo que este tuvo de puesta en escena de personajes y situaciones extrañas, desaforadas e inquietantes. Teatro ciego en una época que niega su ceguera.