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Martes, 28 de junio de 2005

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ARTE / Claroscuro

Pero, ¿de quién es este milagro?

Por Marta Poza Yagüe

Pocas órdenes religiosas vivieron la curiosa situación de cordial rivalidad que enfrentó a franciscanos y dominicos durante los siglos bajo medievales. Sirva como ejemplo gráfico de esta competencia a lo divino, el hecho de que el conocido encuentro y abrazo entre san Francisco y santo Domingo ante las puertas de San Pedro de Roma, inventado por un dominico alemán pero no recogido nunca por los escritores franciscanos de época más temprana, no aparecerá representado en el arte hasta el siglo xv, casi trescientos años después de la muerte de ambos personajes.

Aprobados por el papa sus respectivos institutos en un corto espacio de tiempo (en 1209 los franciscanos y en 1215 los dominicos), frailes mendicantes y padres predicadores se afanaron por ganarse el favor de los fieles del momento. Para ello, tanto unos como otros, se valieron de las atractivas personalidades de sus respectivos fundadores, proclamando su demostrada santidad ejemplificada en un nutrido número de milagros; milagros que, en no pocos casos, resultaban sospechosamente parecidos. Así sucede con el conocido como prueba del fuego.

Para los franciscanos, el protagonista es el propio Francisco de Asís. Al parecer, durante un frustrado viaje a Tierra Santa en 1219, el santo consigue llegar a Egipto donde se hace recibir por el sultán. Una vez en su presencia, y con el fin de convertirle al cristianismo, propone encender una gran hoguera en la que se introduzcan, tanto él mismo, como los imanes islámicos; quienes no resultasen dañados por las llamas serían los seguidores de la verdadera fe. Asustados los egipcios, eluden acercarse al fuego; san Francisco, en cambio, superará la prueba con éxito.

Por lo que al bando contrario se refiere, y conocido el elevado nivel cultural de los miembros de la orden entre los que destacaban personajes como santo Tomás de Aquino, entre los dominicos el milagro cambiará de signo poniendo el acento en los libros y no en las personas. Berruguete se hará eco del tema en dos ocasiones. Conservadas las dos tablas en el Museo del Prado, ambas recogen el momento en el que santo Domingo acepta el reto que le lanza un grupo de herejes albigenses en la ciudad de Fanjeaux: arrojar a una hoguera sus escritos para que sea el fuego quien decida cuáles son los que proclaman el credo auténtico. Accediendo el santo, todos los presentes contemplan cómo, mientras los volúmenes heréticos se consumen por las llamas, los redactados por el monje se salvan milagrosamente al salir volando.

Tratadas ambas versiones de un modo similar, dividiendo a los personajes en dos grupos afrontados a la pira central, y enriqueciendo la composición con detalles de alto valor decorativo como la presencia de trajes de brocado rojo tan característicos de la obra del pintor de Paredes de Nava, una de ellas formó parte de un retablo dedicado a la vida del fundador pintado para el convento de santo Tomás de Ávila; la que aquí presentamos, por su parte, es de origen incierto. Sólo se conoce que su última propietaria particular fue doña Rosa Vaamonde, quien la donó al Museo del Prado en 1898.

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