ARTE / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
Consideradas por el pintor y tratadista Pacheco como un simple «divertimento» o «entretenimiento», por la facilidad con que se alcanza y el deleite que causa a la vista, lo cierto es que al suegro de Velázquez no pareció gustarle demasiado el interés que algunos pintores contemporáneos suyos comenzaron a demostrar por lo que él denominó genéricamente Pintura de Flores.
Los pequeños ramilletes de florecillas empiezan a ser habituales en la pintura europea desde los tiempos del Gótico, sobre todo como complemento a determinadas escenas religiosas tales como la Anunciación (donde no suele faltar el jarrón de azucenas), dado el simbolismo alegórico y místico con el que se asoció en la época a no pocas especies vegetales. Pero es a finales del siglo xvi y comienzos del xvii, de la mano de un grupo de artistas nórdicos entre los que destacan Brueghel de Velours y el sacerdote jesuita Daniel Seghers, cuando el género floral va a adquirir un desarrollo sin precedentes, comenzando a ser tratado de forma autónoma y poniendo en la representación vegetal el protagonismo absoluto de las composiciones. Esta tendencia se dejará sentir en España, mediada ya la centuria, según pone de manifiesto la producción de autores como Juan van der Hamen, Antonio Ponce, Gabriel de la Corte y, en especial, Juan de Arellano.
Yerno de este último, tras contraer matrimonio con su hija Juana en diciembre de 1663, es Bartolomé Pérez de la Dehesa. Pintor y escenógrafo, su trabajo como decorador del desaparecido Teatro Real del Buen Retiro le valió la concesión, en 1689, del título honorario de Pintor del Rey. También por encargo regio ejecutará su obra más afamada, el conocido como Camón dorado. La estancia, diseñada por Churriguera, era un suntuoso dormitorio para Carlos II, realizado en madera tallada y dorada, dotado de cuatro puertas y al que se abrían otras tantas ventanas. Fue para la decoración pictórica de paredes y techos para lo que se pensó en Pérez. En la sala despliega todo su ingenio en materia floral, al realizar para la misma un total de cuarenta y cinco tablas con temas de jarrones y guirnaldas de vivos colores sobre fondo dorado, en consonancia con la tonalidad dominante en los muros. Resueltas con una pincelada gruesa que describe recorridos circulares, las distintas flores, con predilección por las rosas blancas y rojas, son de un colorido desbordante, matizado por suaves gradaciones tonales en los extremos de los pétalos. Pequeños detalles, como la inclusión de menudas gotas de rocío aún frescas sobre alguna hoja, contribuyen al acabado preciosista y elegante de estas composiciones.
Siguiendo los mismos supuestos estéticos, su pericia como pintor de flores se pone de manifiesto también en la serie de seis cuadros conservados en el Museo del Prado, que el autor ejecutó para el convento de San Diego de Alcalá, en Alcalá de Henares (véase también el Claroscuro del 17 de mayo de 2005). En el que hemos traído como ejemplo, una mesita de madera, apenas perceptible sobre el fondo neutro de la obra, sirve de soporte para un jarrón de bronce del que desbordan las flores de un inmenso ramo. Tal vez no sea gratuito un encargo floral —que no religioso— tan amplio por parte de los franciscanos alcalaínos, sobre todo si se tiene en cuenta que son precisamente las flores el componente fundamental del milagro más afamado atribuido a su santo patrón.