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Martes, 7 de junio de 2005

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ARTE / Claroscuro

¿La Virgen de las Nieves en agosto?

Por Marta Poza Yagüe

El día 5 de agosto, cuando más calor hace por estas latitudes, muchos de nuestros pueblos se encuentran inmersos en la celebración de sus fiestas patronales dedicadas a Nuestra Señora de las Nieves. Pero, ¿cómo explicar que una advocación tan invernal se sitúe en el calendario en pleno verano? Historia y tradición nos darán la respuesta.

En el año 431, el Concilio de Éfeso proclama solemnemente a María como Theotokos, como Madre de Dios. Aunque la figura de la Virgen no era desconocida en los escritos patrísticos anteriores a esta fecha, esta declaración puede considerarse como el punto de partida efectivo de la institucionalización del culto mariano. Como prueba de ello, y de forma prácticamente inmediata, el papa Sixto III (432-440) dedica en Roma el primer templo consagrado a la Virgen en la Cristiandad occidental: una basílica situada en la cima del monte Esquilino, conocida desde entonces como Santa María la Mayor.

Si estos son los datos objetivos, la tradición, una vez más, se encargará de suavizar con tintes líricos un hecho de naturaleza estrictamente teológica. Así surge la leyenda del patricio Juan, un hombre extremadamente piadoso que, en la noche del 4 de agosto, recibe durante el sueño la visita de la Virgen. Ésta le encarga que visite al papa y le transmita su deseo de que se le construya un templo en Roma. Un milagro servirá para solventar las reticencias iniciales del pontífice, a la vez que marcará la ubicación precisa del santuario. Nada más despertar, en la mañana del 5 de agosto, el patricio Juan y su mujer se dirigen a ver al papa. Cuando éste comienza a dudar de la veracidad de sus palabras, el piadoso mensajero le advierte de un hecho sorprendente: en pleno verano, toda la colina del Esquilino había amanecido cubierta por un blanco manto de nieve. Sin dudarlo entonces, el pontífice, secundado por el resto de los habitantes de Roma, marchan en procesión hasta allí decidiéndose la construcción en el lugar de la basílica de Santa María la Mayor.

Son estos sucesos los narrados por Murillo en dos obras realizadas para la iglesia sevillana de Santa María la Blanca. Mientras que en el primero se relata la visión nocturna, en el segundo se combinan los dos momentos sucesivos de la audiencia y de la procesión.

Pintadas en su etapa de madurez, reflejan alguna de las principales características de la obra murillesca. Si el panel del sueño resulta realmente delicioso por la sensación de intimismo y placidez que rodean la escena, con la inclusión de elementos de la vida cotidiana como el cestillo de costura, los libros sobre la mesa, o el perrillo fiel que permanece plácidamente dormido ajeno al hecho milagroso que está teniendo lugar, el lienzo dedicado a la visita es claro ejemplo del dominio de la luz que tenía el pintor sevillano. Así, la oscuridad del interior en el que se desarrolla la audiencia queda suavemente matizada por la luz que irradia el blanco procedente de la colina nevada. La pincelada suelta y vaporosa con la que se ha resuelto esta sección parece un anuncio de los avances que experimentará la pintura en los siglos posteriores.

Los lienzos, en origen de forma semicircular, salieron de España durante la guerra napoleónica como parte del botín expoliado por el Mariscal Soult. Es en París donde se les añaden las enjutas laterales con imágenes de plantas y fachadas de las basílicas romanas, que les dan su configuración rectangular actual. Afortunadamente, no tardaron demasiado en ser devueltas, algo que ocurrió en 1816.

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