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Miércoles, 1 de junio de 2005

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Literatura

¡Qué susto nos dio la mula!

Por Arturo Ortega Morán

Aquel día, a mi abuelo se lo veía contrariado, y es que ni las moscas se acercaban a su tienda. Nervioso, se asomó a la calle y volteó para todos lados, como buscando a esos clientes que brillaban por su ausencia. En esas estaba cuando se acercó don Ramón, con quien solía entablar animadas conversaciones vespertinas. Aún no intercambiaban palabra cuando, mi abuelo, vio venir a Lucino, un vecino que siempre le pedía dinero prestado. Para evitarlo, apresuró a don Ramón para que lo siguiera al interior de la tienda. Pero, ya adentro, lo primero que este dijo fue: «Don Roge, ¿me podría prestar un dinerito?». Pasmado, mi abuelo sólo atinó a exclamar: ¡Qué susto nos dio la mula! Después, explicaría:

Es que me acordé del chiste del arriero, que caminaba acompañado de su perro y de su mula. De pronto, la acémila ya cansada, se echó y no hubo poder humano que la levantara. Desesperado, el arriero empezó a golpearla con una vara, hasta que la mula volteó hacia él y con mirada triste le dijo: «ya no me pegues». El arriero, aterrorizado por haber oído hablar a la mula, huyó despavorido. Sólo paró hasta que sus fuerzas se agotaron. Apenas iba a sentarse en una gran roca, cuando su perro, que le acompañó en la huida le dijo: «¡Qué susto nos dio la mula!». Sobra decir que el arriero, ya desquiciado, continuó su frenética huida.

Sirva este recuerdo, como pretexto para dedicar unas cuantas letras a las mulas, animales tan menospreciados por los hombres a través de la historia.

Hay caballos de ideas liberales que, sin prejuicios, no dudan en aparearse con una simpática burrita. También, hay burros sin complejos, que no se quedan con las ganas de conquistar a alguna desinhibida yegua. De estas «antinaturales» uniones, es que nacen las mulas y los mulos.

El confuso origen de estos cuadrúpedos siempre nos ha incomodado, de ahí que nunca los hayamos tenido en buena estima. En México, por ejemplo, tan despreciadas eran las mulas, que la voz adquirió la connotación de posesión estorbosa. Este uso lo encontramos en Los Caciques, de Mariano Azuela. En un fragmento dice: «Unos trabajan vendiendo garbanzo bien picado, revueltito con el de la última cosecha, y así salen de sus mulas». También, los jugadores de dominó, a las fichas con el mismo número en los dos lados, las llaman mulas, y por indeseables, les corre prisa para deshacerse de ellas.

La voz mula, pasó del latín al castellano sin cambio alguno, y de ahí, se han derivado palabras y expresiones que encierran el concepto que de estos animales tenemos. Desde antiguo, a quienes han nacido de una relación entre un blanco y una negra —o viceversa—, los llamamos «mulatos», y es que, a muchos —todavía hoy—, una relación así, les parece tan aberrante como la del caballo con la burra.

Cuando nuestros pies se ven disminuidos, tenemos que recurrir a las muletas. En antiguo, los cojos se valían de una mula para apoyarse al caminar. De ahí quedó que, cuando se inventó el artefacto, lo llamaran muleta; diminutivo antiguo de mula. También, para ayudarse a caminar, algunos necesitan de un bordón, palabra que en antiguo significó mulo, como nos lo hace saber un texto que en 1540 escribió Pedro Mejía:

Con la ropa que se vestía de día, se cubría de noche; toda su hazienda era una talega o çurrón, en que traýa su pobre comida, y un bordón, que traýa por su cavalgadura quando estava enfermo.

Como una huella de los tiempos en que las mulas nos servían de apoyo, quedan las muletillas, que son palabras que repetimos con frecuencia para darnos un respiro mientras se nos ocurre qué decir. Estas palabras, también se conocen como bordoncillos, y ahora, ya sabemos el porqué.

Se supone que por ser producto de cruce de especies, las mulas son estériles. Pero, la naturaleza, que no tiene palabra de honor, ha dejado en diferentes tiempos y en diferentes lugares, que algunas de ellas tengan crías. Quienes son testigos de estos raros sucesos, suelen exclamar con justa razón: «¡Qué susto nos dio la mula!».

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