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Martes, 29 de junio de 2004

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ARTE / Claroscuro

Mandatum novum do vobis

Por Antonio García Flores

Jacopo Robusti, apodado Il Tintoretto, pintó en 1547 este monumental lienzo para el presbiterio de la iglesia de San Marcuola de Venecia, en el que se representan dos episodios sucesivos que se produjeron la noche del Jueves Santo: el Lavatorio de los pies y la Última Cena. El primero ocupa la práctica totalidad de esta composición; sus arquitecturas y paisaje remiten a escenografías teatrales del tratadista Sebastiano Serlio y provocan que el observador, inmerso en el acontecimiento bíblico narrado, se sienta partícipe.

Es Juan el único de los cuatro evangelistas en recoger ese gesto de Jesús (13, 1-20), aunque omite la mención a la cena y la consiguiente institución de la eucaristía que sí reflejan Mateo, Marcos y Lucas. Este gesto por parte de Cristo (prefiguración de su entrega en la cruz por la humanidad entera, que el evangelio de Marcos destaca con estas palabras: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos»; 10, 45), que se rebaja a realizar un trabajo propio de criados y esclavos, suponía una clara invitación a imitarle («Os he dado ejemplo para que hagáis lo que yo he hecho con vosotros»), al tiempo que ponía en práctica la caridad y el amor fraternos, expresados mediante estas palabras: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (13, 34); con ellas se daba a entender que el amor entre los hombres debe ser manifestación del amor que Dios nos ha mostrado a través de su hijo Jesucristo.

No debe resultar extraño que este ejercicio de humildad y servicio fraterno fuera establecido como rito monástico de obligado cumplimiento. Aunque en la Regla de San Benito (redactada hacia el año 550) no se le dedica un capítulo concreto, sí aparece reflejado en los correspondientes a los semaneros de cocina (XXXV, 8-9) y a la acogida de los huéspedes (LIII, 12-14): el mandatum fratrum y el mandatum hospitum respectivamente. El nombre de mandatum está tomado de las primeras palabras de la antífona cantada durante su ejecución («Mandatum novum do vobis...»), que, a su vez, remiten a las pronunciadas por Cristo poco antes de la Última Cena.

En los monasterios pertenecientes a la Orden del Císter (reforma llevada a cabo a finales del siglo xi que tenía por objeto vivir la regla benedictina en toda su pureza original), todos los sábados por la tarde, antes de la lectura vespertina y del oficio de completas, se celebraba solemnemente el mandatum de los hermanos, llevado a cabo por cuatro monjes: dos que empezaban y dos que dejaban su cargo semanal de servidores de la cocina; estos mismos lavaban los pies a los huéspedes, ayudados por el hospedero.

El Jueves Santo, al comienzo de la tarde, tenía lugar el mandatum de los pobres, en el que participaba toda la comunidad, y durante el cual los monjes les lavaban, secaban y besaban los pies, además de ofrecerles una moneda de plata, como símbolo de la responsabilidad que el monasterio tenía con el mundo de miseria y sufrimiento que se extendía al otro lado de sus muros; más tarde, a imitación de Jesús cuando lavó los pies a los doce apóstoles, el abad efectuaba el lavatorio a doce miembros del convento (cuatro monjes, cuatro novicios y cuatro conversos) y después al resto de la comunidad. Para los cistercienses la importancia de esta ceremonia era tal que San Bernardo, en su sermón En la cena del Señor, la denomina «sacramento de perdón», que limpia aquellas faltas producidas por los «afectos del alma», aquellos pecados «que no producen la muerte y que no podemos evitar totalmente en esta vida», y que sirve de eficaz complemento al sacramento bautismal.

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