ARTE / Claroscuro
Por Antonio García Flores
Santiago el Mayor, hijo de Zebedeo y María Salomé, fue llamado por Cristo, junto a su hermano Juan, mientras ambos se dedicaban a arreglar y componer las redes de pescar en la barca que su padre poseía en el mar de Galilea, para convertirse en pescador de hombres. Al lado de Pedro y su hermano, ocupó un puesto privilegiado junto a Jesús: fueron los únicos de entre los doce apóstoles que estuvieron presentes en el milagro de la resurrección de la hija de Jairo, en la Transfiguración sobre el monte Tabor y durante la oración en Getsemaní. Durante la Pascua del año 44, el rey Herodes Agripa I, que deseaba complacer al pueblo judío, y que estaba enfurecido ante el rápido crecimiento de la iglesia cristiana, «dio muerte a Santiago, hermano de Juan, por la espada» (Hechos de los Apóstoles, 12, 1-2), de manera que se convirtió en el primer discípulo de Cristo en sufrir el martirio.
A pesar de que la tradición de la iglesia primitiva (Clemente de Alejandría) señala que, a su muerte, Santiago no había abandonado nunca Jerusalén, y que San Pablo en su Epístola a los Romanos, tras indicar que se había propuesto «predicar el Evangelio donde Cristo no había sido nombrado, para no edificar sobre fundamentos ajenos», apunta su intención de visitar España (Romanos, 15, 20 y 24), desde fines del siglo vi se vino asegurando que Santiago el Mayor había predicado el Evangelio en tierras de Occidente, entre ellas España, donde fue enterrado un 25 de julio, en el lugar denominado Arca Marmárica.
Dos centurias más tarde, durante el reinado de Alfonso II (ca. 820-830), el obispo Teodomiro de Iria, gracias a una aparición sobrenatural, encontró los supuestos restos de Santiago y sus tres discípulos en Compostela, en un mausoleo funerario de época romana construido a base de arcos de mármol. Para explicar la aparición del cuerpo del apóstol en España surge entonces la leyenda de la traslación milagrosa desde Jerusalén a Galicia, plasmada a fines del siglo ix en la llamada Epístola del papa León, que daría origen a otro texto más extenso (la Translatio Sancti Jacobi); ambos escritos se recogieron en el libro III del Codex Calixtino, compilación anónima de textos relacionados con el Apóstol, compuesta a mediados del siglo xii con objeto de servir de propaganda de la peregrinación jacobea. Obras como el Rationale Divinorum Officiorum de Jean Beleth (ca. 1160-1164), o La leyenda dorada de Santiago de la Vorágine (ca. 1264) terminarían por darle forma definitiva a una increíble historia que se convirtió en fuente de inspiración de numerosos artistas.
El Museo del Prado custodia dos tablas de finales del siglo xv atribuidas al círculo de Miguel Ximénez, pintor de retablos de origen alcarreño cuya actividad se documenta entre 1462 y 1505, en las que se representan con algunas licencias dos episodios de esta leyenda. En la primera, en la que se narra el embarque en Jaffa, dos de los discípulos del santo depositan el cuerpo decapitado de su maestro en una pequeña barca, en presencia del rey Herodes (ataviado con ricas vestiduras, bastón en la mano derecha y espada ceñida a la cintura) y su séquito, del sumo sacerdote Abiathar (que instigó al monarca para apresar y ejecutar a Santiago, y que aparece inmediatamente detrás de Herodes, con largos cabello y barba blanca) y del verdugo que aparece al fondo envainando la espada utilizada para el martirio.
En la segunda tabla se plasman dos instantes del viaje del cuerpo del santo: arriba a la izquierda, la arribada de la barca con los restos de Santiago a la costa gallega; y, ocupando el resto de la composición, la llegada del cadáver al palacio de la pérfida reina Lupa, en un carro tirado por bueyes, y seguido por dos discípulos; infructuosamente, la mencionada reina había intentado acabar con su vida enviándoles por unas reses a un monte habitado por un fiero dragón; se suponía que los animales les ayudarían a trasladar al difunto, pero en realidad eran salvajes que, de forma milagrosa, se amansaron y llevaron el carro hasta la residencia regia, que fue transformada en iglesia tras la conversión de Lupa. Como curiosidad hay que hacer notar que, en esta tabla, la cabeza de Santiago permanece unida a su cuello, y que tanto éste como los discípulos aparecen ataviados anacrónicamente como peregrinos.