ARTE / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
Antigua compañera de viaje es la capa y posiblemente su origen sea casi tan antiguo como el del propio hombre. Su uso fue sinónimo de distinción y categoría. Griegos y romanos cubrieron sus espaldas con las clámides y, desde entonces, santos, héroes u obispos de todas las épocas las introdujeron en su ajuar más íntimo. Una de las más famosas fue la del obispo de Tours, del siglo iv, San Martín, quien en un acto de extrema generosidad compartió la suya, tras partirla en dos, con un pobre hombre desnudo que se cruzó en su camino. Tan preciada «tela» se convirtió en una de las reliquias más emblemáticas de Francia, y Carlomagno la guardó en su capilla de Aquisgrán. El mundo hispano no fue ajeno a sus hechizos, y de hecho es la perfecta excusa de multitud de refranes y expresiones: andar de capa caída; echar uno la capa al toro; capa rota; hacer uno de su capa un sayo; ponerse a la capa; todos son honrados, o buenos, mas mi capa no parece...
Su aceptación popular resultó ser peligrosa al ocultar bajo su abrigo la identidad de simples delincuentes y asesinos. Y así llegamos al siglo xviii. Entre los ministros que acompañaron a Carlos III, en 1759, en su viaje de Nápoles a Madrid para ocupar el trono de España, se encontraba el siciliano Leopoldo de Gregorio, marqués de Squillace. Aunque su currículum fue brillante por impulsar multitud de reformas, por su labor como ministro de hacienda en la corte napolitana, por ser responsable en buena medida del embellecimiento de Madrid, por las ordenanzas militares que elaboró, por favorecer la libertad del comercio del trigo, o por organizar el colegio de artillería, sin embargo ha pasado a la historia por su desencuentro con la capa española. Ante la utilización de tan elegante prenda por convictos y ladrones el ministro decidió prohibir su uso, así como el del sombrero de ala ancha, cómplice obligado en el atuendo de todo malhechor que se precie. El caso es que por unas cosas u otras, esta medida que afectaba al vestuario y al armario, fue utilizada por los enemigos del Marqués para terminar con su carrera política, produciéndose el famoso Motín de Esquilache el Domingo de Ramos de 1766 en la plaza de Antón Martín, en el que aparentemente los madrileños mostraron su queja por el cambio de moda que desde el poder se les quería imponer. Leopoldo de Gregorio tuvo que abandonar el país, si bien Carlos III no quiso renunciar a sus servicios al nombrarle embajador de España en Venecia.