ARTE / Claroscuro
Por Antonio García Flores
A pesar de que en el grueso de la obra de San Bernardo el número de escritos marianos (no muy extensos) es relativamente breve, desde fechas muy tempranas se le vinieron atribuyendo diversas antífonas dedicadas a la Virgen (como la Salve o el Ave Maris Stella), y se exaltó de forma un tanto exagerada su devoción hacia la Madre de Dios, llegando a reconocerle como el Cantor de María o el Doctor mariano. Todo ello contribuyó a crear la leyenda de la Lactación en torno al abad de Clairvaux, ya avanzado el siglo xiii; su representación plástica más antigua (de finales de dicha centuria) se encuentra en el retablo de San Bernardo que, procedente de la capilla de los Templarios de la Almudayna de Gumara de Palma, se custodia en el Museo de Mallorca. Pero hay que esperar a las décadas iniciales del siglo xiv para hallar la primera evidencia literaria del tema, acompañada además de una imagen miniada alusiva al milagro. En efecto, en el Ci nous dit (conjunto de exempla recopilados entre 1313 y 1330 por un fraile mendicante anónimo), se narra cómo con ocasión de la visita del obispo de Chalon a la abadía de Cîteaux el abad encargó predicar ante el prelado al joven Bernardo, poco después de que ingresara en el monasterio; temeroso por tener que dirigirse a tan ilustre personaje, el monje fue a orar ante una imagen de la Virgen y se quedó dormido; entonces, María apareció ante él y le dio a lactar directamente de su pecho, transmitiéndole de ese modo el don de la elocuencia.
El tema se difundió rápidamente, tanto en su forma literaria como pictórica. Durante los siglos xvi y xvii las crónicas de la Orden cisterciense y las vidas del santo recogieron sin apenas excepción este episodio, y aunque entre ellas variaba la ubicación física y circunstancias del milagro —Chatillon-sur-Seine, Reims, etc.—, en todas se aludía al hecho de que la milagrosa lactación se produjo cuando Bernardo recitaba ante una estatua de la Virgen las palabras «Monstra te esse matrem» (‘Muestra que eres madre’) de la antífona Ave Maris Stella. Las consecuencias de este fenómeno se tenían que notar. Y así, en la Vita et miraculi divi BernardiClarevalensis Abbatis, de fray Bernardo de Gutiérrez (1587), se nos informa de que los «effectos deste milagro y señaladíssima merced» se conocieron en «la notable suavidad con que trata todo lo que toca a los ynefables y sacrosantos misterios de la encarnación y nacimiento del Hijo de Dios y alabanças de su preciossísima y benditíssima madre», aplicándosele el merecido título de «melifluo Doctor de la Yglesia» por la «rara y admirable dulçura» recibidas.
En cuanto a su formulación iconográfica, podemos distinguir a grandes rasgos dos variantes. Por un lado Bernardo se verá sorprendido en su escritorio por la Virgen (a veces entre nubes de gloria cuajadas de angelitos y querubines, como en el cuadro de Murillo que tenemos delante; otras en el mismo plano y espacio terrenal), haciendo ver que es esta la inspiradora directa de la ciencia y sabiduría que el santo transmite en sus escritos. Y por otro, el abad aparecerá rezando ante un altar con la imagen de la Virgen, como vemos en un lienzo de Alonso Cano, también conservado en el Museo del Prado, expresando así la importancia que para el santo tenía la oración y el origen divino de su elocuente y «dulce» modo de predicar. Pero además hay que tener en cuenta que el hecho de que Bernardo fuera alimentado con la leche de María le convertía espiritualmente en su auténtico hijo y en hermano de Cristo, lo cual explicaría el amor que sentía hacia ambos y que se convirtiera en ejemplo para los fieles.