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Martes, 24 de junio de 2003

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El español y la percepción de América

Por Francisco Moreno Fernández

América lo fue antes de serlo. No me refiero solo al hecho de que la esencia natural y gran parte del perfil humano del continente pierdan su origen en la noche de los tiempos. Tampoco me limito a pensar que el hallazgo de la singularidad de las tierras americanas para los occidentales fuera anterior al bautizo oficial del continente: Martin Waldseemüller, en 1507, llamó América a lo que Americo Vespucci había explicado como un Nuevo Mundo, el cuarto mundo. No.

Todo esto es bien conocido. Ahora me interesa destacar que América ha ido creando en su historia imágenes diversas, todas ellas singulares, que hicieron del «cuarto mundo» algo bien diferenciado antes de que adquiriera sus rasgos modernos más reconocidos universalmente. La lengua, como siempre, ha sabido reflejarlo.

Los primeros encuentros entre indios y europeos hicieron surgir unas imágenes y percepciones ignotas hasta entonces para Occidente. En un primer momento, las tierras nuevas, de las que solo se tenían las vagas referencias de algunos viajeros extemporáneos, no fueron más que las Indias. Poco más tarde las novedades obligaron a pensar en unas Indias Occidentales. Y es en el momento de la novedad cuando surge la duda: ¿cómo incorporar todo eso al mapa conceptual del recién llegado?, ¿cómo etiquetar esa inclasificable y desbordante realidad?, ¿cómo llamar a las nuevas cosas, gentes y conductas?

La situación se ha repetido muchas veces en la historia del mundo. Ante la necesidad de dar nombre a algo percibido como nuevo, las posibilidades son básicamente tres: crear un nombre, tomarlo prestado de otra lengua o adaptar alguno preexistente (creación, adopción, adaptación). Por eso a las bonitas flores mexicanas las bautizaron como flores de la maravilla (creación), a ciertas embarcaciones ligeras se las llamó canoas (adopción) y a los reptiles de fauces aterradoras se les dio el nombre de lagartos (adaptación). De alguna forma había que catalogar lo nunca catalogado. Pero, en el fondo, el proceso denominador también deja traslucir un modo de entender la realidad en su conjunto, no solo la parte recién conocida, y ese proceso denominador afecta al todo nuevo: ¿Indias, Indias Occidentales, América?

El recurso de tomar prestado lo que no se tiene es viejo como el hombre. Los pueblos indígenas del continente, repartidos en miles de etnias y miles de lenguas en el siglo xvi, fueron los donadores naturales. Desde esta perspectiva la cosas se aceptan como son y se llaman como siempre se han llamado donde han existido. El préstamo. La colonización española, desde un primer momento, aceptó que esta era una de las formas de ver el cuarto mundo: canoa, petate, hamaca, huracán... Por eso era natural utilizar los topónimos locales: Cuzco, Coahuila, Tehuantepec. Virreinato del Perú. Mercedes Sosa decía en su Canción para mi América: «dale tu mano al indio, dale que te hará bien». Pero la realidad que se les venía encima a esas tierras iba más allá.

El procedimiento de adaptación a la hora de nombrar cosas supone un ejercicio de proyección de lo conocido, de percepción de la realidad nueva como un reflejo, una prolongación e, incluso, una duplicación de lo dominado. El nombre se convierte en un símbolo de aparente dominio sobre lo desconocido. La colonización española fue construyendo sus Indias, en buena medida, sobre el urbanismo de la Metrópoli, sobre los planos de sus propios ayuntamientos y catedrales. Por eso era natural replicar también los nombres: Córdoba, Madrid, Guadalajara, Toledo, Alburquerque. Los virreinatos de Nueva Granada y de Nueva España. Las Indias son España y España son las Indias. El virrey no era más que «el otro yo». Hasta hoy se extiende esa imagen: «La Habana es Cádiz con más negritos, Cádiz es La Habana con más salero».

Pero la fuerza de la realidad que poco a poco se iba desentrañando desbordaba con mucho los moldes de la mentalidad europea. La adaptación, por muy duplicadora que fuera la visión del Nuevo Mundo, no daba más de sí. Las Indias tenían que recibir un nombre diferenciador, nuevo también: primero, Indias Occidentales; después, América. El nombre se convierte en un reflejo de la novedad misma, de aceptación de la particularidad. Por eso fue natural crear nuevas denominaciones, conforme la imaginación se fecundaba y la historia marcaba el paso: Florida, California, Resistencia. El Virreinato de La Plata. La música popular no se ha cansado de recordar la maravilla americana: «Salgo a caminar por la cintura cósmica del sur, piso en la región más vegetal del viento y de la luz, siento al caminar toda la piel de América en mi piel».

Adopción, adaptación, creación. No fue fácil dibujar la percepción del Nuevo Mundo (¿lo es ahora?). De hecho, el término América tardó más de un siglo en incorporarse a un repertorio lexicográfico. Lo hizo Sebastián de Covarrubias en un suplemento de su Tesoro de la lengua castellana, redactado entre 1611 y 1612. Allí se dice: «América. Una quarta parte del orbe ignota a los antiguos y ansí le dan por nombre el nuevo orbe o mundo. Descubriose el año de mil quatrocientos noventa y dos por Cristóval Colón, Ginovés. Algunos atribuyen este descubrimiento a Americo Vespuccio, Florentino, de quien tomó el nombre de América». Así, un diccionario recoge por primera vez en español el nombre del Nuevo Mundo. 120 años después.

El autor es Director del Instituto Cervantes de Chicago y Catedrático de Lengua Española de la Universidad de Alcalá. Este artículo fue publicado en Arena Cultural (Chicago), 38 (mayo de 2002), pág. 5.

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