ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
«En su taller, que abarcaba las dos habitaciones del sótano, Paracelso pidió a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un discípulo. Atardecía. El escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares» (Jorge Luis Borges, La Rosa de Paracelso). Aún recordaba lo que le dijo Paracelso cuando llegó: «No es oro lo que busco. El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Cada paso que darás es la meta» (ibid.).
El maestro de la crisopeya era hermético en sus explicaciones. A veces, el joven aprendiz desesperaba. Intentaba moverse con cuidado entre las alquitaras y los anafes, cuidando de no rozar los objetos, con un sigilo respetuoso. Porque sabía que el benjuí y los polvos de basilisco eran muy costosos y que el azogue resultaba peligroso. Había comprobado ya la fragilidad de los alambiques y las cornamusas, el calor abrasador de los atanores y los crisoles. Se sentía como si caminara por un universo extraño, rodeado de unos vahos perturbadores que escapaban de sustancias mágicas y de seres evanescentes. La luz de la luna y de las velas proyectaba sombras misteriosas en los muros de la pequeña habitación, sobre las manchas del globo terráqueo. Sólo después de unos meses de experiencia junto al maestro fue capaz de domeñar el miedo y las llamas de los hornos. Ahora le fascinaba observar a través del vidrio la precipitación de aquellos elixires tornasolados que, al parecer, podían mudarse en homúnculos o bien en bálsamos de la vida eterna. Era todavía joven para comprender las leyes de la química, desconocía las propiedades de cada metal y cada mineral, de los gases y los líquidos. No alcanzaba a imaginar por qué influían los astros en los experimentos de las retortas y en la transformación de vulgares metales en oro. Los libros de los sabios griegos y árabes, que llenaban los estantes de la alcoba y que el maestro pasaba horas descifrando, eran babélicos para él. Palabras como alcohol, fósforo, álcali, sosa, bismuto o éter le resultaban enigmas caóticos. De momento se conformaba con aprender y creer al maestro Paracelso cuando, arrebatado por una vena poética, le repetía que la quintaesencia se hallaba en la belleza de las rosas.
David Ryckaert (1612-1661) era miembro de una dinastía de pintores de Amberes, hijo tal vez de Martin Ryckaert, el pintor manco retratado por Van Dyck hacia 1630. Esta obra está fechada en 1649 y figura en los inventarios de Alcázar de Madrid desde 1666. Los pintores flamencos de la época trataron con frecuencia la figura del alquimista de forma ácida y mordaz, como David Teniers (1610-1690), de quien se conserva una tabla con ese tema en el Museo del Prado, también procedente de la Colección Real. La visión de Ryckaert es menos cáustica pero también sugiere la inutilidad de las búsquedas de los alquimistas a través de los conjuntos de objetos que se extienden sobre las mesas y repisas en forma de vanitas.