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Miércoles, 11 de junio de 2003

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Literatura

En los orígenes de la novela chicana

Por Francisco Moreno Fernández

El proyecto «Recuperación de la herencia literaria hispana en los EE. UU.» es tan necesario como inteligente. Encomiable desde todo punto de vista. Se trata de una iniciativa animada por el profesor de la Universidad de Houston Nicolás Kanellos, cuyo trabajo se hace público a través de la editorial Arte Público y en el que colaboran, formando parte de su Consejo Editorial, especialistas tan renombrados como Rosaura Sánchez, Genaro Padilla o Raymond Paredes.

La colección de Arte Público sacó a la luz en 1999 el libro Las aventuras de don Chipote, o cuando los pericos mamen, de Daniel Venegas, obra publicada originalmente en 1928 y que se ha vertido al inglés en 2000, con traducción de Ethriam Cash Brammer.

¿Qué interés tiene una obra del primer tercio del siglo xx, prácticamente desconocida, como para ser reeditada decenios más tarde y traducida a la lengua inglesa? Sencillamente que se trata de la primera novela chicana. Al menos, así la considera su moderno editor, y no parecen faltarle razones. La obra fue publicada por El Heraldo de México de Los Ángeles, y Kanellos la interpreta como «un esfuerzo heroico por reivindicar al obrero mexicano inmigrado a los Estados Unidos y su cultura». Y, efectivamente, la historia de don Chipote es una historia de vicisitudes y calamidades, las que miles de mexicanos sufrieron en su intento de pasar a los EE. UU., donde el dinero se barría con la escoba.

Raymond Paredes ha explicado muy bien que la literatura mexicano-americana comenzó a adquirir personalidad propia en el último tercio del siglo xix, una generación después de la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo que, entre otras cosas, convirtió en ciudadanos de los Estados Unidos a más de 80 000 mexicanos. El contexto en que esa literatura comenzó a tomar cuerpo fue el de la frontera y la mezcla, el del conflicto cultural. En ese ambiente, la prensa escrita en español fue ocupando progresivamente un lugar de relieve: según Gabriel Meléndez, entre 1880 y 1935 se fundaron más de 190 periódicos en más de treinta comunidades de Colorado, Nuevo México, Arizona y Texas. La irrupción de esta prensa escrita en español, dentro de unas comunidades en las que la oralidad era sencillamente fundamental, se valora como una oposición política y social a la cultura dominante, que hablaba y escribía en inglés.

Aquí es donde irrumpe Las aventuras de don Chipote. Kanellos llama la atención sobre un hecho muy interesante: la identificación del autor, Venegas, con el obrero chicano, del que adopta su lengua, su discurso, su forma de ver la vida. El libro es un manifiesto contra la explotación a que los incautos y ingenuos mexicanos de la época se veían sometidos en los Estados Unidos. Esta característica también se encuentra en la literatura chicana publicada en la segunda mitad del siglo xx, en inglés y en español. Ahora bien, a diferencia de lo que ocurre sobre todo a partir 1970, donde el mexicano experimenta un proceso de identificación en la biculturalidad, Venegas presenta un mexicano que aspira a volver a su tierra y retorna con un sentido de culpa muy marcado.

A pesar de la significación de la obra como testimonio cultural de una época y de su carácter pionero dentro de la moderna novelística chicana, no pueden echarse en saco roto los guiños literarios que el autor ofrece ni la calidad de su prosa, vista desde la relatividad de quién escribe qué, para qué y dónde.

Vamos por pasos. Daniel Venegas, escritor satírico, culto y buen conocedor de Los Ángeles, por más que elabore una manifestación literaria con particularidades, no quiere evitar el peso de la literatura hispánica y se inscribe a conciencia en una línea de sonoros ecos en el mundo hispánico: la de la picaresca, el antihéroe, la ironía, el humor. Don Chipote tiene mucho de Lázaro de Tormes y de otros pícaros que en el mundo han sido; también tiene trazos cervantinos, que recogen el aire de familia de la literatura clásica española. El nombre del protagonista no es inocente, claro está, aunque tal vez sea el título lo menos logrado de la obra.

En cuanto a la calidad de la prosa de Venegas, hay que decir que el lector contemporáneo puede disfrutar de una lengua y un estilo que no se caen de las manos, a pesar de las décadas transcurridas desde la publicación primera.

Vivimos una época de grandes alharacas literarias, de famas meteóricas que dan por supuesta una calidad que a veces no es fácil encontrar; hoy la oferta editorial es desbordante y los creadores son legión. Tal pareciera que pocas cosas pueden sorprender en un universo literario en el que ya se ha visto de todo. Aquí es donde Venegas se agiganta, ofreciendo una obrita que se muestra capaz de ir más allá del público mexicano de Los Ángeles de 1930. Bien por Venegas y bien por aquellos que se esfuerzan por recuperar la herencia literaria hispana en los Estados Unidos.

El autor es Director del Instituto Cervantes de Chicago y Catedrático de Lengua Española de la Universidad de Alcalá. Este artículo fue publicado en Arena Cultural (Chicago), 38 (mayo de 2002), pág. 4.

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