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Viernes, 6 de junio de 2003

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El espanglish en la palestra

Por Francisco Moreno Fernández

Las polémicas falsas son extremamente peligrosas. Tienen el poder de llevar al enfrentamiento entre quienes no están enfrentados y la miseria de reducirlo todo al maniqueo del «blanco o negro». Eso es lo que parece estar pasando a propósito de esa realidad étnico-lingüístico-socio-económico-cultural a la que se llama espanglish o spanglish, porque, puestos a buscar pelea, la encontraríamos hasta por la cuestión del nombre.

El asunto se plantea, más o menos, en los siguientes términos «virtuales». En un lado se situarían aquellos que piensan que el espanglish es una modalidad espuria, un producto bárbaro de la mescolanza y de la ignorancia, repleto de vulgarismos, solecismos, cruces, calcos, préstamos y alternancias imprevisibles. Desde esta perspectiva, el espanglish no es más que una manifestación reprobable y corregible. En el otro lado estarían los que interpretan el espanglish como la consecuencia lingüística natural de una situación de contacto étnico y social, que es lo que es, sin más, y que difícilmente puede cambiarse (¿hay que hacerlo?), en unas condiciones sociolingüísticas determinadas. Desde este planteamiento, el espanglish es digno de reivindicación y de respeto, el mismo que merecen las decenas de miles de personas que debaten su identidad entre la raíz hispánica y el solar estadounidense.

Ya lo he dicho: la polémica es falsa, aunque solo sea porque entre los polos esbozados hay multitud de posiciones y opiniones intermedias. La trampa está en pensar que los detractores del espanglish son (todos) unos puristas recalcitrantes, que odian y persiguen con el dedo en alto cualquier manifestación que se escape de los cánones académicos, cada vez, por cierto, más abiertos y consensuados. También es falaz pensar que los defensores del espanglish son unos desleales, renegados, autistas, libérrimos, amantes del mal gusto y completamente irrespetuosos con las normas aceptadas para el uso de la lengua española. Conozco a algunos catalogados como puristas —detractores del espanglish— que han demostrado una sensibilidad extraordinaria hacia los usos y costumbres de todo lo hispano en los EE. UU., como conozco a algunos de los catalogados como desleales —defensores del espanglish— que hacen un uso exquisito de la lengua española y que respetan en sus escritos todos y cada uno de los preceptos que la rigen: hasta cierto punto, recuerdan la supuesta proclama contra la ortografía que García Márquez lanzó en Zacatecas, para la que utilizó, como en todas sus obras, una ortografía impecable.

Las cosas suelen tener su sitio y las cuestiones de la lengua no son para tomar a broma (claro que los genios o los poetas se pueden tomar las libertades que quieran). No se puede jugar a «prohibir» o denigrar un uso de la lengua porque no se ajusta a unos modelos, entre otras razones porque los usos son consecuencia de unas situaciones y no han de cambiar hasta que éstas no lo hagan. Además, cada uno usa la lengua lo mejor que puede, para expresarse y para comunicarse en sociedad. Si el uso resulta popular, vulgar o mezclado, es porque las condiciones socioeconómicas y la situación sociolingüística así lo han creado. Las mezclas lingüísticas han tenido tradicionalmente muy mala fama; baste recordar los nombres populares que suelen recibir: chapurreado, chabacano, medialengua, cocoliche, fronterizo o pocho. No es necesario, pues, echar más leña al fuego.

Ahora bien, tampoco hay que jugar a ser diferentes de todos y contra todos para ser uno mismo a toda costa, porque la identidad no impide compartir elementos con otros grupos o individuos. Si una cosa ha demostrado la lengua española o castellana a lo largo de la historia es su capacidad de ofrecerse como punto de encuentro. La actual fuerza del español reside, precisamente, en el deseo de sus hablantes de reconocer las áreas comunes, sin que ello impida mantener las discrepancias. Cuando dos hispanohablantes de origen diferente se encuentran, lo natural es que busquen los elementos compartidos y soslayen lo dispar. Todos tenemos mucho en común y algo de particular: españoles, rioplatenses, mexicanos, caribeños, centroamericanos, hispanos de EE. UU. Jugar a «escribir» en mexicano, en uruguayo o en español (de España) puede ser hasta divertido, como entretenimiento intelectual, pero no es fácil buscar lo privativo: de hecho es imposible construir un texto con elementos que sean exclusivos de una zona hispánica. Naturalmente que quien no me quiera entender no me entenderá: es obvio que un caribeño escribirá como tal y un mexicano, lo mismo, no puede ser de otra forma, pero ni el caribeño ni el mexicano dejarán por ello de escribir en «español».

Un hispano de EE. UU. hablará de un modo derivado de su situación —español, inglés, espanglish—, con todos sus rasgos característicos, rasgos que a veces son difíciles de entender para los hablantes de otras comunidades. Pero eso ocurre en todas las latitudes: ¿quién, ajeno a la zona, entiende íntegramente una conversación sobre asuntos de su interés entre jóvenes adolescentes de los barrios populares madrileños o caraqueños? ¿Quién entiende las mezclas de árabe y español en el norte de África? No nos engañemos, en las listas de los vocabularios de espanglish que se están publicando también aparecen numerosas palabras que son usadas en otros muchos países hispánicos, incluida la España popular, en distintos niveles. El espanglish también entra bajo el concepto diasistemático de «español», aunque se sitúe en la periferia. Además, no son incompatibles unos usos de la misma lengua con distinto grado de localismo, según la naturaleza del registro y del contexto. Insisto, los que no quieran entender no entenderán jamás, sobre todo si se empeñan en creer que hablan de lingüística cuando realmente se habla de sociología, o viceversa. Tan estúpido es pensar que el espanglish puede erradicarse por la vía de la imposición y del insulto, como hacer depender la identidad hispana de la sublimación exclusivista del errátil espanglish. Alimentar falsas controversias es mal asunto, como lo es confundir la velocidad con el tocino.

El autor es Director del Instituto Cervantes de Chicago y Catedrático de Lengua Española de la Universidad de Alcalá. Este artículo fue publicado en Arena Cultural (Chicago), 35 (febrero de 2002), pág. 5.

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