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Miércoles, 4 de junio de 2003

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Cine y televisión

Bolivia y el cine social de Adrián Caetano

Por Olvido Ruiz

Con tan sólo tres películas, un mediometraje, y alguna que otra producción para televisión, Adrián Caetano ha quedado consagrado ya como una de las miradas más interesantes del cine argentino contemporáneo. Este uruguayo afincado primero en Córdoba y poco más tarde en Buenos Aires ha querido poner su gran talento al servicio de un cine social que centra su atención en los sectores más marginados de la sociedad.

En 1997 Pizza, birra, faso, codirigida con Bruno Stagnaro, supuso una grata sorpresa y un merecido éxito entre el público y la crítica, en la que hacía el duro retrato de unos jóvenes empeñados en sobrevivir al poco prometedor presente de sus trapicheos en Buenos Aires.

Buenos Aires ha sido escogida también como escenario de sus otras dos películas, que mantienen igualmente la vocación de mostrar esa otra versión del cine argentino sin guapos, sin tangos, sin romance... Su último trabajo El oso rojo ha tenido una calurosa acogida en Cannes al contar a ritmo de cumbia, los esfuerzos de un recién salido de prisión por recuperar el afecto de su ex mujer y de su hija. Pero es no obstante Bolivia, su segunda película —que le costó a su director casi cuatro años sacar adelante— la que alcanza mejores cotas del buen hacer y del dominio técnico que Caetano posee.

Hay un cartel en la puerta de un local: «Se necesita parrillero». Freddy es un boliviano sin papeles recién llegado a Buenos Aires en busca del dinero que ya no puede ganar en las plantaciones de coca que se han cerrado forzosamente. Enrique, el dueño del bar, lo ha contratado sabiendo que como inmigrante puede pagarle menos y hacerlo trabajar más. La historia se construye encerrada (salvo por un par de escenas) en ese microcosmos lleno de humo que es el bar, por donde desfilan clientes en su mayoría taxistas, vendedores de poca monta, gente que vive enfrentada a una vida miserable y que descarga su rencor y su insatisfecha existencia contra los que considera que están a un nivel aún más bajo, seres siempre en busca de un culpable cualquiera que éste sea. Personajes llenos de frustraciones y fracasos que se agudizan con la intolerancia, el racismo y el odio. Un odio procedente de un sistema perverso y pervertido que sin embargo se subvierte en los que lo han padecido de forma aún más terrible.

Impresionan estos personajes vigilados siempre por un reloj, cruel e implacable, que nos impide olvidar el drama que ha de estallar de ese ambiente —empapado en violencia y retratado en un blanco y negro opresivo—, que nos acerca mentalmente al documental o al periodismo de una crónica de sucesos truculenta y cotidiana. Los actores embutidos en todos estos desheredados, bordan sus papeles, destaca quizás, puestos a destacar, ya que todos están perfectos, el debutante Freddy Flores, Enrique Liporace como el dueño del bar o Rosa Sánchez, camarera paraguaya de la parrilla y empleada doméstica en la vida real.

Retrato de víctimas y verdugos, Bolivia trasciende la fábula contra la intolerancia, y al mostrarnos cómo Freddy y Rosa son maltratados por esos clientes que han sido y son a su vez maltratados por la vida, nos revela la esencia perversa de la discriminación como desahogo de la propia marginación, y la existencia de una violencia que los prejuicios y la miseria muestran como inevitable.

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