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Martes, 3 de junio de 2003

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ARTE / Claroscuro

Un hombre con pelliza

Por Susana Calvo Capilla

«Me pides que te hable de Alberto Durero. Hace nada menos que treinta y tantos años que lo conocí, querido Cipriano Salcedo. Fue en Amberes, en septiembre de 1520 si la memoria no me falla. Durero estaba de viaje por Flandes con su esposa Agnes y una sirvienta llamada Susana. Tenía ya casi cincuenta años y quería solicitar una pensión a Carlos V, que andaba por esas provincias de su gran imperio. Alberto era de talante confiado y entusiasta, de una insaciable curiosidad. Me explicó que su periplo tenía tanto de negocio como de placer. Llevaba consigo dibujos y cuadros propios que regalaba, vendía para pagar gastos o cambiaba generosamente por cartas de recomendación o manjares exquisitos, según se diera el caso. En sus viajes y visitas se dedicaba a comprar grabados y objetos curiosos, dibujaba y también anotaba en su diario las anécdotas, los paseos por el mercado, los gastos, comidas y compras, o recordaba en él los lugares y las personas que le habían llamado la atención... Amberes lo fascinó, no en vano era la ciudad más acaudalada y cosmopolita del norte; su catedral era bellísima y ¡le habían dado tan buena acogida! El gremio de pintores y el de orfebres le ofrecieron sendos banquetes al poco de llegar. También me contó su desencuentro con la infanta Margarita, gobernadora de los Países Bajos. Al principio se mostró agradable con él, le dejó visitar su biblioteca y su rica colección de pinturas e incluso se ofreció a hablar con su hermano Carlos sobre la pensión. Durero, agradecido, le regaló grabados y dibujos pero después doña Margarita se mostró fría y rechazó el retrato que éste había hecho de su padre, Maximiliano I. “Nunca me dio nada a cambio de lo que yo le había regalado y había hecho por ella”, me dijo algo decepcionado.

»Lo que más me agradaba de él era su ingenuidad y su incapacidad para el resentimiento, se deleitaba ante la buena comida y la conversación con los amigos, se afanaba por ayudar y reconocía con presteza los méritos de los demás. Yo lo acompañé en sus visitas a Gante, Brujas, Zelandia y Aquisgrán, donde asistimos a la ceremonia de coronación de Carlos V el 23 de octubre de 1520. En Flandes no se relacionó sólo con pintores, también frecuentaba a músicos, astrónomos, médicos, humanistas... ¡Por fin pudo conocer en persona a su admirado Erasmo de Rotterdam! En 1524 volvimos a encontramos en Nuremberg y me retrató con una elegante pelliza (si bien no tanto como las que usted fabrica ahora en Valladolid, señor Salcedo de Delibes). Por esa época, tal y como refleja mi rostro ensimismado, estábamos todos preocupados por el derrotero que tomaba el protestantismo en Europa. Durero, hombre pacífico y reflexivo, siempre fue fiel a Lutero aunque, antes de su muerte, en 1528, criticó con amargura el radicalismo de muchos luteranos. Sin duda, hoy condenaría también los crueles desmanes de la Inquisición en España.»

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