Literatura
Por Fernando Sorrentino
Los cuadernos escolares de mi infancia incluían, de modo indefectible, dos «láminas», situadas al comienzo y al final del primer pliego de la encuadernación, ubicación deliberada que permitía, para ser coleccionadas, arrancarlas sin descalabrar el todo. Se dividían en varias series: países de América, países de Europa, fauna y flora argentinas, los próceres de la nación, etcétera, etcétera.
Hubo también una serie de láminas que incluían fábulas ilustradas. Gracias a ellas me enteré de la existencia de los señores Tomás de Iriarte y Félix María de Samaniego y, si bien es cierto que jamás he comprado un libro de ninguno de estos caballeros, no lo es menos que, en esa colección de láminas, leí una porción considerable de la literatura de ambos. Y no sólo leí sus fábulas sino que, en muchos casos, ellas penetraron en mi memoria y, hasta el día de hoy, podría recitar sin vacilar unos cuantas de esas pequeñas historias en verso.
Andando el tiempo, esos escritos perdieron para mí la mayor parte de sus encantos, y ambos autores de vascuences apellidos fueron relegados al desván de los recuerdos.
Cierto insensato impulso a interesarme en cosas olvidadas o muy poco conocidas me reveló, hacia 1965, la insospechada existencia de un fabulista argentino, también de apellido vasco: Domingo de Azcuénaga. Es muy poco lo que se sabe de él. Nació en Buenos Aires el 22 de septiembre de 1758 y falleció en la misma ciudad el 29 de abril de 1821. Fue jurisconsulto y poeta; su hermano Miguel integró la Primera Junta de 1810. W. G. Weyland opina:
A través de ella [su obra] se deduce que debió de ser un hombre muy culto, de espíritu brillante y pensamiento sólido, que contribuyó a preparar el terreno para la emancipación y que, agudo clarividente, presintió y señaló con notable anticipación los males que aquejarían nuestra imperfecta vida institucional.
Poetas coloniales de la Argentina, Buenos Aires, Estrada, 1949, pág. 97.
La mayor parte de la producción de don Domingo fue publicada durante los dos años escasos en que apareció en Buenos Aires el periódico Telégrafo Mercantil, Rural, Político, Económico e Historiógrafo del Río de la Plata, conocido abreviadamente como Telégrafo Mercantil. Fue fundado y dirigido por el abogado español Francisco Antonio Cabello y Mesa; entre el 1.º de abril de 1801 y el 15 de octubre de 1802 aparecieron ciento diez números y cuatro suplementos.
En su Antología de poetas coloniales argentinos (1910), Juan de la Cruz Puig recoge varias de las composiciones de Azcuénaga, entre ellas el siguiente soneto (que no es fábula y que transcribo normalizando la ortografía y la puntuación):
Al censor de Buenos Aires
Señor censor, mi amigo, usted no sabe
en el berenjenal que se ha metido.
Si nos lava la cara, es mal querido
de todo pensador discreto y grave;si escribe la verdad en cuanto cabe,
es de todo pedante aborrecido:
conque así opino que el mejor partido
es meterse en su casa bajo llave.Y, aunque digan algunos rodaballos
que es usted algo escaso de meollos,
no desperdicie el tiempo en impugnallos,porque todos sabemos que hay criollos
que se ponen a hacer papel de gallos
sin que puedan hacer papel de pollos.
Como vemos, siempre ha sido dura la vida de los quijotescos censores. El innominado de este soneto se ha metido —que galicado mediante— en un berenjenal donde cualquier camino que elija tomar será igualmente conflictivo.
Notemos que, en época tan moderna como principios del siglo xix, perdura la asimilación, frecuente en los siglos xvi y xvii, de la -r del infinitivo a la -l- del pronombre enclítico: impugnallos por impugnarlos. Para que conste el duodécimo endecasílabo, será necesario forzar una diéresis y articular criollos como trisílabo.
Por último, el vocablo rodaballo (DRAE: Hombre taimado y astuto) resulta del todo insólito en el Río de la Plata. No obstante, por medio del ardid literario de poner en boca de otros personajes (en este caso, los rodaballos) las opiniones del autor, y simulando defender al funcionario, parecería que don Domingo se dio el gusto de tildar de «algo escaso de meollos» al censor de Buenos Aires.