ARTE / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
Hoy podemos con cierta facilidad acudir a numerosos repertorios enciclopédicos e incluso monográficos en donde hallamos multitud de datos sobre la vida y obra de los artistas, pero no siempre fue así. Una vez que los artistas comenzaron a tomar conciencia del valor de sus propias creaciones, sobre todo a partir del Renacimiento italiano, iniciaron el camino de su reconocimiento social y lógicamente se produjo el paulatino final de su anonimato, tan común en épocas anteriores.
En un principio asistimos a la realización de textos autobiográficos, caso de los famosos Comentarios del afamado escultor Lorenzo Ghiberti de mediados del siglo xv, o del relato del también escultor Benvenuto Cellini de la centuria siguiente. El gran paso en esta corriente literaria será dado por el pintor Giorgio Vasari (1511-1574), quien elabora a mediados del siglo xvi (1550-1568) un gran número de biografías de artistas italianos de los siglos xiii-xvi. En ellas alaba las dotes de los elegidos, recoge anécdotas, describe sucesos extraordinarios, reflexiona sobre ciertas obras, y en última instancia contribuye a crear multitud de mitos, siendo para él la figura de Miguel Ángel, a quien llegó a conocer, la personalidad más excelsa, importante y magnífica de todas las tratadas. Lógicamente los datos deben ser tomados con cierta cautela, pero no debemos olvidar el gran valor de esta obra, ya que en gran medida constituye uno de los inicios de la Historia del Arte, que necesitará aún varios siglos para ver la luz como disciplina.
En el panorama hispano debemos esperar muchos años para asistir al nacimiento de una obra comparable a la de Vasari. Será el pintor cordobés Antonio Acisclo Palomino (1655-1726), quien se atreva a realizar tan magna empresa. En la tercera parte de su obra Museo pictórico y escala óptica, aparece El Parnaso español pintoresco laureado, publicado en 1724, en el que se abordan 226 biografías o vidas de artistas hispanos, y extranjeros cuya labor ha sido muy importante en España. En este libro, de valor incalculable para el arte español y que alcanzó gran fama en el extranjero desde fechas bien tempranas, se recupera la memoria de muchos artistas poco conocidos, se recogen anécdotas, descripciones de obras, relaciones entre maestros, etcétera, y aunque existen exageraciones y noticias poco fiables, igualmente nos relata otras certeras ya que incluso él mismo fue testigo de ellas. Gracias a la labor de Palomino hoy disponemos de noticias que se hubieran perdido para siempre, ya que estuvo más de veinte años viajando, investigando y recogiendo datos. Si para Vasari su artista preferido fue Miguel Ángel, para Palomino será Velázquez, pintor del que nos brinda una rica información tomada del manuscrito de Juan de Alfaro, hoy perdido, discípulo del propio maestro sevillano, por lo que dicha biografía sigue siendo esencial para su estudio.