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Martes, 18 de junio de 2002

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Literatura

Siluetas americanas, 29. El undécimo mandamiento

Por Karim Taylhardat

Horacio Quiroga (Uruguay, Salto, 1878-Buenos Aires, 1937)

(...) Desde el punto en que una lengua es buena para hacerse entender en ella, cumple con su objeto, y mejor será, indudablemente, aquella cuya elasticidad permita dar entrada a mayor número de palabras exóticas, porque estará segura de no carecer jamás de las voces que necesite; cuando no las tenga por sí, las traerá de fuera.

Larra

Es amplia la categoría de las muertes en los literatos, o por enfermedad, tisis, alcoholismo, o por accidentes en la infancia y secuelas, o por soledad y crisis, pero Horacio Silvestre Quiroga pertenece a los de la vida suicida, como ocurriría con el poeta mexicano Manuel Acuña, o el colombiano Andrés Alcedo, o los chilenos José Domingo Gómez Rojas y Pablo de Rokha, sin mencionar la enfermedad límite del encierro, de las prisiones, de la política, de la ideología, y la de los paisajes, selvas, llanos, quiebros y dificultades. Incluso se ha llegado a decir que el tono triste y ensimismado de los escritos de Gabriela Mistral se origina en la adolescencia, tras el suicidio de su mejor amigo.

Horacio Quiroga permaneció cuatro años como fotógrafo en la selva Misiones, un lugar apelmazado de araucarias y cedros, un bosque hidrófilo, muy descrito en su relato El hombre muerto: «¿Es este o no un natural mediodía de los tantos en Misiones, en su monte, en su potrero, en el bananal ralo?... Gramilla corta, conos de hormigas, silencio, sol a plomo». Se ha estudiado a Horacio Quiroga en el aspecto de la derrota del hombre y en el de su dominio de la expresión que narra la muerte —lenta y progresiva, o inmediata y tenaz—, sin dramatismo, donde la muerte es un único machete estático, y que aún así daña. Esa selva Misiones se ubica cerca del río Paraná, un lugar de disputas, fronterizo, acaparador de intereses, y ese mismo sol que describe el autor, así como la tensión a la hora de titular su obra, también pertenecen al mismo paraje, lo que el autor determina como isla: El crimen de otro (1904), Cuentos de la selva (1918), El salvaje (1920), Anaconda (1921), Decálogo del perfecto cuentista (1928, y donde aconseja no escribir bajo el imperio de la emoción).

La enfermedad de Horacio es crónica, es la muerte de los seres que respeta, y adentrada desde la infancia, y que discurre muy cercana —ya accidental ya suicida—, pues su padre desaparece, y también su padrastro, y, después, su mejor amigo (al que accidentalmente disparó) y, al final, su esposa (por ingestión de cianuro). Fracasaría en los negocios, dirigirá el Semanario de Literatura y Ciencias sociales (Salto, 1899). En Montevideo, en 1900, presidía el Consistorio de Gay Saber, reunión intelectual de corte modernista que surge de su amistad con el poeta Leopoldo Lugones (1874-1934). Es sabido que la Gran Guerra destruyó una gran parte de la ilusión que los modernistas injertaron al futuro —aquello de la cultura frente a la barbarie—, y esa esperanza quedó suspendida —o aplazada, o casi como una culpa—; a esta época pertenece su drama Las sacrificadas (1920), y las novelas y relatos El desierto (1924), La gallina degollada y otros cuentos (1925), Los desterrados (1926), Más allá (1935). A Quiroga la medicina le detecta una enfermedad incurable, y optará por avanzar otro veneno —o adentrárselo—: «Puede aún alejarse con la mente, si quiere; puede si quiere abandonar un instante su cuerpo y ver desde el tajamar [...] el trivial paisaje de siempre; el pedregullo volcánico con gramas rígidas... Y al pie de un poste descascarado, echado sobre el costado derecho y las piernas recogidas, exactamente como todos los días, puede verse a él mismo, como un pequeño bulto asoleado sobre la gramilla —descansando, porque está muy cansado...».

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