Literatura
Por Fernando Sorrentino
En algunas ediciones del Libro de buen amor la cuaderna vía 510 dice lo siguiente:
En suma te lo digo, tómalo tú mejor,
el dinero del mundo es grand revolvedor:
señor faze del siervo, de señor servidor,
toda cosa del siglo se faze por su amor.
No me hallo en condiciones intelectuales de determinar si tal lectura corresponde al texto auténtico o no. Sí me interesa referirme a cómo aparece ese cuarteto en el texto que, en 1913, fijó don Julio Cejador y Frauca (Libro de buen amor, Madrid, Espasa-Calpe, Clásicos Castellanos, 10.ª ed., 1967, t. I, pág. 188):
En suma te lo digo, tómalo tú mejor:
El dinero, del mundo es grand rrebolvedor,
Señor faze del syervo é del siervo señor,
Toda cosa del siglo se faze por su amor.
Con ligerísimas variantes ortográficas reproduce la estrofa el padre Rodolfo M. Ragucci —anotador sutil y minucioso como pocos— en la página 55 de su Manual de literatura española (Buenos Aires, Editorial Don Bosco, 1947).
No es extraño que, sobre todo en la lengua oral —y con menos frecuencia en la escrita—, supongamos a veces estar manifestando cierto concepto cuando, en realidad, estamos expresando una idea parecida o próxima, o, en algunas ocasiones, el concepto opuesto. Estos lapsus son relativamente frecuentes y no deberían asombrar a nadie.
Nuestro simpático amigo el Arcipreste de Hita incurre en una de estas trabucaciones en la cuaderna vía citada. Pero, en razón precisamente de que el trastrueque es tan obvio, pudo pasar inadvertido. Notemos que el verso C significa algo tan extraño como: [el dinero] convierte al siervo en señor y convierte al siervo en señor.
Sin duda, Juan Ruiz no habrá querido exhibir este binomio reiterativo, sino que, buscando una antítesis entre los hemistiquios, habrá intentado decir algo así como: del señor hace siervo, y del siervo, señor.
Lo curioso es que ni don Julio (que supo ser jesuita) ni don Rodolfo (salesiano) advirtieron en nota al pie que el colega arcipreste se había trabucado y había dicho lo contrario de lo que quería decir. Ambos escoliastas, absortos en su escrupuloso mester de clerecía, leyeron lo que no estaba escrito en ninguna parte.
El mismo caso de inadvertencia (Lecciones de literatura española, Buenos Aires, Estrada, 1938, pág. 28) padeció el académico Roberto F. Giusti, laico y militante en las huestes del socialismo «ateo y científico», «E yo, porque soy home, como otro, pecador», confieso que acabo de percatarme de la trabucación arcipréstica nada menos que treinta y dos años después de haber leído el Libro de buen amor por vez primera.
Como, en apariencia, los padres Ruiz, Cejador y Ragucci se fueron de esta vida sin haberse enterado del traspié, sin duda me han de otorgar la triple absolución por aquel pecadillo. En cuanto a don Roberto, me conformo con recibir de él una mirada atea y científicamente comprensiva.