Centro Virtual Cervantes

Rinconete > Arte
Martes, 11 de junio de 2002

Rinconete

Buscar en Rinconete

ARTE / Claroscuro

Adriano y Antínoo

Por Marta Poza Yagüe

Roma y el resto de su Imperio, el emperador filósofo y el siervo deificado, el amante y el amado... Adriano y Antínoo.

Poco es lo que se sabe en realidad de la supuesta relación que mantuvieron el emperador de origen hispano (nacido en Itálica en el año 76), y el joven Antínoo, incorporado como siervo al séquito imperial hacia el año 123, cuando éste pasó por su localidad natal, Bitinos-Claudiópolis (Bitinia, en el noroeste de Turquía). Únicamente se sabe que permaneció a su lado hasta el año 130, momento de su muerte misteriosa a orillas del Nilo a los 20 años de edad. El suceso, interpretado por la fuentes como un suicidio para proteger la vida de Adriano, provocó sin embargo un profundo dolor en el emperador, que lo llevó a llorarlo como si fuera una mujer. Si fue por cariño, o por agradecimiento, lo cierto es que decide divinizarlo, fundando además en su memoria la ciudad de Antinoópolis. Convertido así en el último gran dios del paganismo griego, comienzan a proliferar retratos suyos de los que conservamos en la actualidad más de ochenta.

Uno de ellos es el que pertenece al Museo del Prado. Corresponde al tipo característico que nos muestra al joven adolescente, de belleza melancólica y cabeza ligeramente inclinada cubierta de bucles, según un esquema idealizado, donde la única nota de realismo proceda, quizás, del detalle excavado de sus pupilas.

A su lado, y separados únicamente por la escultura de Ariadna dormida, el retrato de un Adriano ya maduro y grueso, tal y como lo representan los rostros de las monedas acuñadas al final de su reinado. Como detalle distintivo, una barba corta y rizada que impondrá como moda en un intento por emular el aspecto de los antiguos filósofos griegos, cuyas enseñanzas marcarán profundamente su visión de la vida.

Sobre su procedencia, se conoce la presencia del busto de Antínoo en Roma al menos desde 1540, ciudad en la que es adquirido un siglo más tarde por la reina Cristina de Suecia, para formar parte de la colección que estaba reuniendo en el Palacio Riario de la capital italiana. Tras su muerte, la pieza llega a España en 1724, destinada al palacio que Felipe V e Isabel de Farnesio están construyendo en el Real Sitio de San Ildefonso. Desde allí, ingresará en el Museo del Prado en 1829.

Como en el caso anterior, también el busto de Adriano formó parte de la Colección Real de Felipe V en el Palacio de la Granja y, asimismo, se incorporará al Prado en 1829.

Ver todos los artículos de «Claroscuro»

Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es