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Lunes, 25 de junio de 2001

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Ciencia y técnica

Dos clases de profesores

Por Álvaro García Meseguer

Me considero afortunado por haber tenido como profesor primero y como maestro después a Eduardo Torroja, ingeniero de caminos, arquitecto honoris causa, investigador y humanista en el mejor sentido de la palabra, entre cuyas obras más conocidas del gran público figura la tribuna del hipódromo de la Zarzuela en Madrid. En efecto, la cubierta de esta tribuna construida en 1935, con sus trece metros de vuelo, continúa siendo una de las obras emblemáticas de don Eduardo (así lo hemos llamado siempre), de cuyo nacimiento en 1989 se ha celebrado en fechas recientes el primer centenario.

Como profesor, don Eduardo concitaba opiniones opuestas entre sus alumnos: la mitad de ellos decían que era el mejor profesor de la Escuela y la otra mitad, que era el peor. ¿A qué se debía esta discrepancia tan radical? Probablemente a su forma de enseñar. Don Eduardo no era un profesor enseñante sino un profesor investigador.

El profesor enseñante presenta el conocimiento existente perfectamente empaquetado, envuelto en celofán y con un hermoso lazo. El investigador lo presenta como algo abierto y sin terminar. Para el primero, la ciencia es un conjunto de verdades que hay que aprender; para el segundo, la ciencia es un conjunto de teorías falsables que hay que intentar refutar. El primero enseña en la certeza y el segundo en la duda.

Con el profesor enseñante la clase se transforma en un conjunto de respuestas sin preguntas (casi todo lo que dice el profesor) y de preguntas sin respuestas (casi todas las que formulan los alumnos). El profesor investigador, por el contrario, orienta sus clases a partir del convencimiento de que sólo se aprende de verdad aquello que es el fruto de un proceso personal de tanteo y error.

Decía Montaigne que el alumno no es una botella que hay que llenar sino un fuego que hay que encender. Yo tuve la fortuna de que Eduardo Torroja encendiese ese fuego en mí.

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