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Miércoles, 20 de junio de 2001

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Cine y televisión

El cine latinoamericano tiene más deudas que deudos

Por Lisandro Duque Naranjo

Cada cierto tiempo, los cineastas latinoamericanos armamos un zafarrancho de padre y señor mío para lograr que los Estados, a través de sus aparatos culturales, subsidien nuestras películas. El resultado de esas jornadas de cacería de opinión suele ser disparejo. A veces, algún Ministro de la Cultura, o incluso uno que otro presidente de una República, escuchan el estruendo y felizmente no se hacen los de la vista gorda ni los de la oreja mocha (alusión obligante por tratarse de un arte audiovisual) y mientras duran en el cargo algo hacen para que el cine, al menos por un rato, no siga con su nariz pegada a un vidrio contemplando los presupuestos que se le niegan. Los que en cambio ni se pellizcan con estas andanadas, son los artistas de otras disciplinas.

El séptimo arte les resbala a los que ejercen las seis musas restantes. Hay momentos en que hasta musarañas le hacen. Me pregunto si la literatura no queda viuda al dejar de existir la danza. O si no sufre orfandad la música al entrar en estado comatoso la poesía. O si la prohibición de la danza no causa contusiones a la pintura. Todavía no se cómo, porque no soy médico, pero para mí, que el cáncer del cine le inflama los ganglios a las bellas artes y le daña el caminado a la cultura. De las metástasis fulminantes nos hemos librado a medias con la quimioterapia del cine extranjero, pero al costo de una alopecia en la inspiración que nos ha significado más poemas latinoamericanos a Marilyn Monroe que los que ella le mereció a ese gran bate que fue Joe Di Maggio. Es decir, que ha sufrido más el velón que el dueño de la olla.

A causa, entonces, de la indiferencia de los poetas del hemisferio sur respecto al cine latinoamericano, o puede que por la casi inexistencia de éste (lo que mutiló la simbiosis regional entre cine y poesía, el sincretismo geográfico entre verso y pantalla), la muerte de esta rubia angustiada terminó por ser todo un bocado de Cardenal para el «poetariado» latinoamericano que, con toda razón, requería del insumo del suicidio como de un viento para que hinchara las velas de su astro. Una versión lírica de la doctrina Monroe. Doña Norma Jean Baker, entonces, se les robó el show del suicidio a las jóvenes nuestras, cuyos pistoletazos en la sien, o raticidas en el estómago, o lanzamientos al vacío, no le suscitaron jamás una crispeta poética a nuestra literatura ni un pie de película a nuestra improductiva industria fílmica.

Luego de esta disparatada (¿o disparada?) reflexión, es justo preguntarse si la existencia plena de una cinematografía latinoamericana es un motivo de obsesión solo para los cineastas, en lugar de serlo también para la totalidad de integrantes de la comunidad artística, pues el cine hace ciento cinco años que forma parte del equilibrio ecológico de las artes. De ellas se nutre y a ellas las retroalimenta en una verdadera cadena biológica que si pierde uno de sus eslabones provoca alteraciones en el resto de los componentes.

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