ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Ya se apartaban cuando Tiago (Santiago) gritó, Jesús, tengo que decirle a nuestra madre quién es esa mujer, Dile que está conmigo y se llama María, y la palabra resonó entre las colinas y sobre el mar.
María Magdalena, la pecadora, la prostituta, la mujer que se arrepintió y fue perdonada por Jesús, aquélla que no se separaba de él, aquélla que tanto le amó. La Magdalena ha sido la mujer pecadora por excelencia, tan sólo a la altura de Eva, expulsada del Paraíso. Durante siglos de misoginia eclesiástica la mujer fue el símbolo del pecado, su inclinación natural por la lujuria ponía en peligro la salvación del hombre. Como indica el medievalista Georges Duby, sólo había dos medios para impedir que hiciera el mal: casarla y someterla a su esposo o encerrarla en un convento para que sirviera y obedeciera a Dios.
Pero María Magdalena no era ni virgen, ni esposa, ni viuda y, para más inri, había sido prostituta, es decir, era la marginalidad misma. En la Edad Media, no obstante, su figura religiosa se recuperó despojándola de su «parte femenina», se aceptó como símbolo y ejemplo de arrepentimiento, como penitente apartada del mundo y dedicada a la oración. Sólo así la Santa pudo convertirse en la esperanza de los pecadores y su tumba, supuestamente en la basílica de Vezelay, en el camino de Santiago francés, objeto de peregrinación (su festividad se celebra el día 22 de julio).
Esa doble personalidad ha convertido a María Magdalena en una figura ambigua y en una imagen muy atractiva para los artistas. Por un lado, ejemplifica a la pecadora arrepentida y entregada a Dios; por otro, a la mujer tentadora y «peligrosa» que fue. Por eso lo más habitual es que se la represente aunando ambas facetas, como hace en este caso el Veronés (Verona 1528-Venecia 1588): María vive retirada del mundo, en una cueva y con una calavera a sus pies (símbolo de la penitencia), pero de ningún modo ha perdido sus encantos femeninos, conserva su belleza y su capacidad de seducción, unos insinuantes hombros descubiertos y una larga cabellera rubia.
En este sentido, los pintores venecianos del siglo xvi, entre los que se encuentra el Veronés, fueron maestros excepcionales en retratos de mujeres (como ya vimos en una ocasión anterior con una dama de Tintoretto). En este lienzo, pintado en 1583, aparece lo más llamativo de su estilo, un rico colorido matizado por una atmósfera brumosa y la delicadeza del gesto de María.
Vamos a acabar este comentario como lo hemos empezado, con un fragmento extraído de la novela de José Saramago, El Evangelio según Jesucristo, centrada en los personajes de Jesús de Nazaret y María de Magdalena, en su amor, en la ternura y la tolerancia. Tras la lectura de esas maravillosas páginas se tiene la sensación de que José Saramago, aunque sea de manera ficticia, ha devuelto a María Magdalena todo el protagonismo y la dignidad que callan los Evangelios canónicos. María recupera su «humanidad» de mujer enamorada.
Jesús dijo a María, Esta vida no te conviene, busquemos una casa que sea nuestra y yo iré a estar contigo siempre que sea posible, a lo que María respondió, No quiero esperarte, quiero estar donde tú estés.