ARTE / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
El Prado no sólo es el museo más importante y representativo de la pintura española, sino que a su vez es una de las arquitecturas más bellas de Madrid. El edificio debe su nacimiento a la creación del Gabinete de Historia Natural y Academia de Ciencias bajo los auspicios de la Ilustración, y sobre todo del poderoso ministro de Carlos III, el conde de Floridablanca. Hacia 1785 su arquitecto Juan de Villanueva, importante exponente de la arquitectura neoclásica, presentó el proyecto al rey. La desaparición en la escena política de Floridablanca en 1792 provocó que en breve la magna empresa no disfrutase con el impulso que la caracterizó en sus inicios. La desidia existente en tiempos de Carlos IV, la invasión napoleónica, la muerte del propio Villanueva en 1811 y la utilización militar del edificio, aún inconcluso, por las tropas francesas de Murat, terminó por ocasionar su acelerado deterioro. En 1813, al finalizar la Guerra de la Independencia, la ruina era casi total.
El propio rey francés José Bonaparte tuvo la intención de crear un gran museo de pintura con los bienes confiscados a la iglesia tras la supresión de conventos y monasterios, aunque será necesario esperar al retorno de Fernando VII en 1814 para que la creación de la pinacoteca se llevase finalmente a cabo. Tras sopesar qué edificio sería el más indicado, se decidió utilizar la construcción de Villanueva en el Paseo del Prado. Por fin, en la primavera de 1818 un real decreto daba luz verde a la creación del Real Museo de Ciencias y Artes, abriendo sus primeras salas al año siguiente.
En un principio el núcleo del museo quedó constituido con parte de los fondos de la rica colección real, a la que tanto contribuyeron en su creación Felipe II y Felipe IV. Pasaron los años, y en 1872 el gobierno decidió fusionar al Museo del Prado el gran Museo de la Trinidad, cuyas obras procedían principalmente del patrimonio eclesiástico desamortizado en 1837 por el ministro Mendizábal.
Donaciones desinteresadas, la constitución de importantes legados, compras realizadas por el Estado, entre las que destacaríamos la recientísima llegada de la Condesa de Chinchón de Goya, y la adquisición de obras de arte por manos privadas como posible medio de pago de impuestos, han seguido enriqueciendo los fondos de nuestro gran museo.
Las paredes del edificio de Juan de Villanueva resultaron insuficientes ante el gran número de piezas compiladas, por lo que ha sido necesario utilizar el Casón del Buen Retiro para albergar las colecciones de pintura del siglo xix. La falta de espacios necesarios para modernizar la pinacoteca, y que por otra parte ha ocasionado que muchas obras se encuentren repartidas por todo el país en museos y edificios oficiales, constituyendo lo que hoy se conoce como el Prado disperso, ha obligado a plantear el gran proyecto del Prado del siglo xxi. En él, y de la mano del prestigioso arquitecto Rafael Moneo, está previsto utilizar el que fuera Salón de Reinos de Felipe IV, diseñado por Velázquez, así como la incorporación del ruinoso y desangelado claustro de la iglesia de San Jerónimo.