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Lunes, 11 de junio de 2001

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Literatura

Siluetas americanas, 19. De barro y oro

Por Karim Taylhardat

Salarrué (Salvador Salazar Arrué) (El Salvador, Sonsonate, 1899-1975)

Por lo general, utilizamos una taquigrafía debajo de la cual yace un caudal de asociaciones subconscientes..., tan extensas e intrincadas que probablemente sean un equivalente de la índole y de la singularidad de nuestro carácter.

George Steiner

Con su acrónimo, Salvador Salazar Arrué reconstruye un principio y un final a un recuerdo, porque es así como funciona su memoria, y es aproximación al lugar de donde procede, de un valle cercano al volcán Izalco («El Rancho de Polo quedaba allá donde empieza a trepar el volcán, al pie de unos caragos jloridos... Entre pedrencos morados, hecho con palma de arroz y palma, el rancho mira pa bajo, pa bajo...»), y un no olvidar, como su prosa, su origen, un pueblo de primitivos ceramistas estáticos en la tierra de los izalcos, «Así, con las manos untadas de realismo; con toscas manotadas y uno que otro sobón rítmico, he moldeado mis Cuentos de Barro», en 1928 y que comenzarían a publicarse en el diario Patria, al igual que Cuentos de Cipotes (1945; edición definitiva en 1961), los cuenteretes, así por él definidos, y que nacieron en un lejano atardecer cuando «en el cruce de tres caminos nos hallábamos esperando algo, el adulto, el niño y yo».

Algunos ensayistas le han atribuido proximidades a la filosofía Zen, y al haiku por lo tanto, pero, y al margen de todos los viajes astrales que se le puedan acumular a Salarrué, tan sólo es un escritor preso del recuerdo de las realidades más intangibles, de una capacidad tridimensional en la literatura, como la del alfarero o la del escultor; tan sólo eso; un proceso como el seguido por el monje Mumon en su obra El paso sin paso, aquello que no puede ser expresado con palabras y que no puede ser expresado sin palabras, pero Salarrué rememora:

—Yo recuerdo, de repente, que estaba sentado en una cama que se movía... Y era mi cuna... Es el primer recuerdo que tengo.

Estudió pintura en la academia Corvoran, en Washington, acaso para mantener las manos ocupadas, y palpar tonos y espesuras (—... Las piedras, por ejemplo, no son grises como en general se piensa; tienen a veces tonos azules, rojos...), y escribirá e ilustrará para las revistas Espiral y Germinal (en 1919; así como también su novela Cactus fue autoilustrada), de nuevo en Izalco, lugar donde la revuelta campesina terminaría con la matanza de veinticuatro mil hombres.

Hay tal aproximación a los recuerdos, que Salarrué admite saberse de memoria, en su juventud, incluso el índice de El libro del Trópico: «... Me llenaba de una cosa terrible que me ahogaba porque me acordaba de todo mi terruño». Es el paisaje, reforzado, esculpido y moldeado: «Sobre la arena del mundo los árboles se movían como cangrejos», o es barro sobado su relato El cuento de la codornice que estaba solita en la solemne solitud de la asoliada soleda; o en El venado,«Llovía cernido sobre la montaña ese polvillo de oro de sol triturado en una avalancha de acantilados grises de nube»; o en El Mistricuco, «El antiguo tronco de la ceiba madre de la hacienda, se hundía, como inmensa pata de gallina, en el estercolero del corral.»; o en La brusquita,«Sentado en la piedra, frente al rancho, miraba baboso y juido del mundo, cómo venían, por los potreros del Derrumbadero, los toros tardíos cabeceando y mugiendo como si empujaran un trueno».

Y escribirá El libro desnudo (1957) e Íngrimo (1958), y su único poemario Mundo Nomasito (1975), y se adaptaron (1974) para televisión sus relatos La honra y La petaca. Moría en el mismo año que ocurrían las masacres de estudiantes en el departamento de Santa Ana y en San Salvador, lugar donde se fabricó la primera imprenta de Centroamérica —ediciones cortas y sobre papel de hilo— y junto a la otra matanza de campesinos en Chalatenango, una extraña despedida para Salarrué: «Me veo sólo en la tierra de la irrealidad».

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