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Martes, 5 de junio de 2001

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ARTE / Claroscuro

Ut pictura poesis

Por Susana Calvo Capilla

En los ambientes literarios y cultos del siglo xvii español muchos fueron los que defendieron la pintura como una de las artes liberales e intentaron darle una base teórica que desterrara para siempre el prejuicio histórico contra ella. Desde la Antigüedad la pintura era excluida por considerarse un trabajo manual y servil, practicada sin pensar. Ya en el Renacimiento (siglos xv y xvi) los artistas italianos habían reivindicado su reconocimiento como «creadores» y no meros artesanos. En España, no obstante, todavía en los siglos xvi y xvii la pintura era una ocupación impropia de los nobles, que vivían de las rentas y estaban dedicados a tareas más «espirituales».

Los tratadistas españoles más importantes de ese momento, los pintores Vicente Carducho (pintor del rey, muerto en Madrid en 1638), autor de Diálogos de la pintura y Francisco Pacheco (muerto en Sevilla en 1654), que publicó ElArte de la pintura en 1649, intentaron resaltar la nobleza de la pintura, defenderla como un arte liberal, al igual que hicieron varios ilustres escritores. En Sevilla y, sobre todo, en Madrid se formaron relevantes círculos intelectuales a los que pertenecían pintores y poetas como Francisco de Quevedo, Lope de Vega o Calderón de la Barca. La vinculación entre pintura y poesía en el Barroco español no sólo se dio en el campo teórico (para reconocer el valor de ambas artes) sino entre sus propios artífices.

Uno de los argumentos esgrimidos por los defensores de la pintura fue la personalidad del rey Felipe IV, de quien se decía que no sólo era aficionado y gran coleccionista sino que además se ejercitaba como pintor. Esto suponía un auténtico manifiesto a favor de la pintura, un arte tan prestigioso y honorable que lo practicaba el mismísimo rey. Se han conservado varias imágenes donde se disponen en torno al retrato de Felipe IV los útiles del pintor, entre los que no sólo hay paletas y pinceles, sino también libros de geometría, anatomía y de teoría pictórica, lo que señala claramente el imprescindible aprendizaje intelectual del artista.

En un caso, acompañan al rey unos versos de Lope de Vega: «Honra al pintor si su nobleza ignoras; / al menos porque pinta lo que adoras», que aparecen en el Memorial en defensa del arte de la pintura, obra publicada en 1629. En ese verso se alude a otra de las principales utilidades de la pintura, se trata de un instrumento para despertar y propagar el sentimiento religioso, como decía Quevedo en la silva dedicada a El pincel (1629): «Tú animas la esperanza / y con sombra la alientas, / cuando lo que ella busca representas. // Con imágenes santas / la caridad sus actos ejercita / en la deidad que tu artificio imita».

El cuadro fue pintado entre 1619 y 1620 en Sevilla, cuando Velázquez ya se había casado con Juana Pacheco, la hija de su maestro. Al poco de llegar a la corte de Madrid, en 1622, sus obras obtuvieron el favor del Felipe IV, de los infantes y del conde-duque de Olivares, según relató más tarde su suegro, cuyo retrato sirve para ilustrar la maestría de Velázquez por esas fechas y explica el porqué de su éxito en el Madrid de los Austrias.

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