Por José Jiménez LozanoSiempre han
pensado los hombres, incluidas las oscuras sectas del año mil que esperaban el fin del
mundo, que su tiempo era el más privilegiado de la historia. Quizás sólo se han dado
dos excepciones, una en el otoño de la Edad Media, en el que los hombres se sentían como
agobiados y desencantados por la historia, y pensaron que el mundo envejecía Mundus
senescit, y la otra en lo que ahora llamamos «modernidad», cuya conciencia
específica parece ser, a juzgar por su repetida manifestación, la de considerarse el
centro y el pleroma de la historia.
El asunto comenzó ya en el ámbito de la
Ilustración vulgar. Hasta entonces, fueran como fueran las cosas, cada época buscaba su
suelo en el pasado, pero la Ilustración vulgar decidió que el pasado era pura tiniebla,
y ella sería el faro de la historia. Vinieron desilusiones más tarde.
Pero la modernidad se considera la plenitud
entera, como digo, y allí donde encuentra algo de valor innegable en el pasado, por
definición oscuro y tenebroso, asegura que está lleno de modernidad, y encara al futuro
como no existente sino en la forma y en la gloria de pura repetición de la modernidad
presente. Pero no hay más remedio que preguntar: ¿se trata de hinchamiento o de hubris?
Porque la historia pasa, y pasa la figura el mundo. La futura modernidad ya está a la
puerta. |