Literatura
Por José Jiménez Lozano
Estas cosas pasan: en 1848, ahora y siempre. En ese año, un colaborador del Semanario pintoresco, el señor Jiménez Serrano, contaba que, yendo a La Mancha, tras las huellas de Don Quijote, se encontró con un clérigo, que había estudiado en la Universidad de Toledo y que en la Mancha vivía, y que le dijo: «He visto, por consiguiente, muchos extranjeros que venían atraídos, como usted, por la fama de ese Cervantes Saavedra, tan celebrado en Madrid. Movióme entonces la curiosidad de leer El ingenioso hidalgo y no me pareció, con perdón sea dicho, cosa de tanto asombro, pues allí no hay doctrina, ni hechos; no pasa, a mi pobre juicio, de ser una obra graciosa, escrita por un hombre chistoso, pero sin carrera».
En tiempo de Cervantes pensaron esto mismo muchos; y ahora también, aunque nadie se atreva a decirlo. Pero sobre todo piensan esto quienes dicen que el Quijote es su libro de cabecera, mientras se sigue asegurando que es un libro muy chistoso: y esto hace mucha ilusión incluso a la crítica post-moderna, para la que escribir es pura diversión, artificio y juego. Pero no está quitado que cualquier día alguien también diga que el Quijote es una tontería. Ya hubo quien lo hizo en el Ateneo de Madrid por los años veinte, y Unamuno auguró, para este sujeto, una gran carrera de escritor y crítico; pero a mí me da vergüenza ahora decir su nombre, porque todavía es muy respetado, y se le llama «maestro de esto y de lo otro». De manera que Cervantes no haría carrera; pero este sí, y parece habérsela abierto a otros muchos. Según mi pobre entender, y con perdón sea dicho.