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Martes, 20 de junio de 2000

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ARTE / Claroscuro

La elegancia del rey Baltasar

Por Susana Calvo Capilla

Nos cuenta Manuel Mujica Láinez en su preciosa obra Un novelista en el Museo del Prado que cierto día se celebró en el museo un concurso de elegancia. Se trataba de elegir al personaje más elegante de entre los que pueblan sus innumerables cuadros. Para ello se formó una comisión organizadora compuesta por los enanos y bufones de Velázquez, que se encargaron primero de elegir al jurado. Los jueces serían los dioses del Olimpo, cuyas frías efigies de mármol habitan en una de las rotondas del edificio. Al concurso se podían presentar personajes de padre español o extranjero, femeninos y masculinos, retratos verdaderos e imaginarios, con la sola condición de tener un porte señorial.

Allí estaban las distinguidas altezas y las descocadas Venus de Tiziano, los remilgados aristócratas de Van Dyck, los sobrios caballeros engolados de El Greco, o la altiva reina Isabel a caballo de Velázquez. Y entre ellos, la fina silueta del rey Baltasar del Tríptico de Hans Memling. Se deslizaba, dice don Manuel, nuestro testigo de excepción en la escena, con la desenvoltura de un bailarín, muy serio, embutido en un ceñido jubón de damasco dorado y en unas mallas oscuras. Su gracia natural despertó gran revuelo entre los espectadores, que le lanzaron toda una retahíla de piropos: «¡Olé! ¡Olé! ¡Olé el negrillo guapo!», escuchó el novelista decir a la Maja vestida de Goya.

El rey Baltasar estaba entre los finalistas, el mismísimo Júpiter se quedó prendado de la gracia del monarca etíope, mas... ¡Ah! ¡Un momento! Todavía faltaba alguien por aparecer en escena. No vamos a desvelar quién era el último participante, porque fue él, o mejor dicho dos de sus personajes, quienes ganaron muy merecidamente el concurso.

Don Manuel les contará muy gustosamente el desenlace si acuden a las páginas de su novela. Así que, tras el fallo del jurado y del público, de acuerdo en esta ocasión, nuestro delicado Rey Mago se retiró con elegancia, muy dignamente y sin protestar. Volvió junto a sus compañeros de viaje, Gaspar y Melchor, un poco achacosos ya, para terminar lo que había venido a hacer, adorar al Mesías recién nacido, entregarle su ofrenda y felicitar a la Virgen María y a San José por la buena nueva. Después tenía que regresar a su reino de Saba, antes de que la estrella que les había guiado desapareciese sin dejar rastro.

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