Literatura
Clarín tuvo, entre otros, un gran acierto. Rotuló un folleto suyo, agudísimo: Cánovas y su tiempo. ¡Rara previsión en un contemporáneo! La impresión actual es, en efecto, la de que Cánovas domina toda una época de la vida española. El tiempo aquél, en que la Restauración —tan fantasmal— significa lo único sustantivo. En la división de los hombres, según Goethe, en naturas y marionetas, la Restauración no nos ofrece muchas más naturas, que Cánovas. Si él no llega a arquetípico, es, por lo menos, típico, y no ectípico, según tecnicismo aquí adoptado.
Al decir esto, olvidamos la literatura canovina, que es del marionetismo peor que se haya conocido nunca. ¡Qué manera de escribir, Dios mío! Cuesta convencerse de que alguien, aficionado y avezado al manejo de las palabras, sienta tan poco su voluptuosidad, el placer de su juego, la intuición de su íntimo y musical sentido. Las páginas de Cánovas parecen manoseadísimos y abominadísimos temas escolares; castigo de forzado, trabajo de galera. Nadie, para no importa qué labor, puede haber tenido al mismo tiempo menos amor y más pasión que Cánovas por el ejercicio de la literatura.
De todos modos, este ejercicio cabe apreciarlo por su significación. Procediendo de quien procedía, significa como un elegante homenaje del Poder a la Inteligencia. Se ha dicho que la hipocresía es el tributo que a la virtud rinde el vicio: aquella retórica, mala y todo, es también el tributo que la política rendía al arte... —Empezamos a damos cuenta del valor de esto en tiempos como los actuales —estamos en 1918—, dominados por la política del Enrichissez-vous y por el parlamentarismo financiero.
6-IX-1918
Eugenio dOrs, El valle de Josafat, páginas 155-156. Edición de Ángel dOrs y Alicia García-Navarro. Madrid: Espasa-Calpe, 1998.