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Jueves, 15 de junio de 2000

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Cine y televisión

Cine y literatura: Dos en uno no caben (V)

Por Lisandro Duque Naranjo

Tarkovsky, que fue un gran lector de novelas, siempre se negó a basar sus películas en las obras que lo apasionaron. Estaba curado de esas tentaciones desde que dijo: «Cada arte nace y vive según sus propias leyes». Semejante dostoyevskiano tan intenso, jamás cometió el crimen de darle a su maestro el castigo de la pantalla.

Respecto a estas prudentes abstinencias, los empecinados en sacarle una buena cría a los dos lenguajes, dicen: «Ah, pero el asunto no es con los clásicos. En cambio de novelas de segundo orden, siempre pueden sacarse buenas películas». Es probable. En estos casos, puede suponerse que los guionistas —como descuartizadores nocturnos— aprovecharon el desconocimiento que de las obras originales tenía el gran público, para entrar a saco en ellas y beneficiarse en forma selectiva, prescindiendo de cuanto hubiera en ellas que pudiera serles estorboso para su gramática. Otra cosa es una adaptación fílmica o televisiva cuando la obra literaria es una de esas que se consideran sagradas. En estos casos, es como si los asaltantes hicieran su operativo a plena de luz del día. El primer golpe es en el casting, que mientras en la literatura es patrimonio inalienable del lector, en lo audiovisual es prerrogativa del director (cuando no del productor). Sea de quien sea, el resultado es siempre una profanación. Si El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, por ejemplo, ha tenido cien millones de lectores, habrá cien millones de Alonsos Quijanos. Un Quijote per capita. Que casi siempre tiene el rostro de un abuelo personal que dejó a sus descendientes sin fortuna por despilfarrarla en empresas delirantes. En la película, en cambio, no puede haber sino un Quijote para todos a efecto de que se lo redistribuyan en fragmentos miles de espectadores. Y que por muy idóneo que sea el actor de la Triste figura, no dejará de suscitar a muchos, o a todos, esa sensación ingrata de los «retratos hablados» que publican los organismos de seguridad y que me pregunto si habrán servido alguna vez para capturar a un perseguido. Más bien creo que su utilidad ha consistido en permitirle escapar.

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