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Martes, 13 de junio de 2000

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Literatura

Glosas de d’Ors. Unamuno

Rector que ni regía ni se regía, pero que administraba y se administraba.

Pensador de una filosofía, elaborada constantemente sobre el pormenor léxico; de un misticismo, vuelto a cada instante política; de un patriotismo, cuya cósmica amplitud quiso estrecharse hasta un casticismo folklórico.

Hijo de un fin de siglo decadente, pero nutrido de raciales reciedumbres.

Luchador «contra esto y aquello», como buceador de la «paz en la guerra».

Generoso como el Quijote de Cervantes y artero como el Seductor de Kierkegaard.

Anti-intelectualista del sentimiento trágico y figurín de intelectuales de Ateneo.

A lo único a que quizá su temperamento no inclinó a don Miguel de Unamuno, fue a la Academia.

Aquí, donde todo guarda esencias de diálogo, hasta un discurso, ¿cómo cupiera aquel monólogo, en que para él se convertía todo, hasta —horrible experiencia de soledad— la misma oración?

Eugenio d’Ors, El valle de Josafat, páginas 154-155. Edición de Ángel d’Ors y Alicia García-Navarro. Madrid: Espasa-Calpe, 1998.

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