Por José Jiménez LozanoLos señores
inquisidores no encontraron que tuvieran nada que decir cuando apareció el libro de
Fernando de Rojas en 1499, pero sus sucesores de 1569 ya metieron allí sus tachaduras.
Por una sencilla razón: se pusieron a discutir por su cuenta, y si resultaba que Calixto
decía que, para él, Melibea era la suma hermosura y toda la religión, había que
tacharlo porque «la proposición» era herética. Lo que olvidaban era que La
Celestina es literatura y no «proposiciones» filosóficas y teológicas.
Curiosamente, los críticos del siglo XX, haciendo
de inquisidores ahora, encuentran, por ejemplo, que Pleberio, ante el desastre del
suicidio de su hija, se queja de la vaciedad y sinrazón de vivir y del mundo, guiado por
fuerzas ciegas; y deducen de ahí que éstas serían unas afirmaciones de inmanencia y la
negación de toda trascendencia, olvidando también que se trata de literatura, y que
cualquiera ser humano, enfrentado al dolor, se enfrenta también al sinsentido del vivir y
del morir, por muy religioso que sea. Y, también, por una razón muy sencilla: está
desahogando su corazón, exactamente como cuando la hermosura de Melibea parecía a
Calixto la de la divinidad misma. Así que nos quedemos como estamos; es decir, siendo
puros lectores, y allá críticos e inquisidores con sus sapiencias y proposiciones.
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